El ocaso de los héroes
Publicado el 18/05/2026 a las 07:17
Para Ken Robinson, los héroes “nos inspiran y nos llevan a maravillarnos de los prodigios del potencial humano. Nos abren los ojos a nuevas posibilidades y avivan nuestras aspiraciones”. Es penoso, por ello, que actualmente vivamos en una sociedad en la que el heroísmo está dejando de ser un valor y una referencia para la vida. La figura del héroe está siendo sustituida por los banales “héroes” de ficción, creados para el simple entretenimiento. Thomas Carlyle se lamenta de la desaparición del culto a los héroes: “La nuestra es una sociedad que niega la existencia de los grandes hombres, y ni siquiera aspira a que los haya. La verdadera historia del mundo es la biografía de los grandes hombres y mujeres; con su ejemplo de sacrificio y autosuperación nos invitan a crecernos ante las dificultades y a elevarnos sobre la medianía”. Muchos héroes lo fueron a pesar de salir de la nada. Un buen ejemplo es la niña prodigio rumana Nadia Comaneci, que nació en una aldea perdida de los Cárpatos y que llegaría a ser considerada como la mejor gimnasta de la historia. Con tan solo 14 años fue la reina de los Juegos Olímpicos de Montreal en 1976.
La ausencia de héroes está afectando negativamente a quienes se encuentran en la edad de los grandes ideales (los jóvenes). Ello provoca un descenso en su nivel de aspiración, dejando así abierto el camino para el conformismo con los antihéroes que están de moda. Una forma de compensar tal ausencia es fomentar en los jóvenes la lectura de biografías de grandes héroes de la historia.
Otra forma es el buen ejemplo de los mayores, especialmente de los padres. Para J.L. Lorda el cumplimento del deber en situaciones de extrema dificultad tiene un valor tan ejemplarizante que es decisivo en la educación de los jóvenes: “Hay circunstancias en la vida donde la dignidad humana puede exigir grandes sacrificios; es decir, heroísmo. A veces, el deber nos lleva a afrontar el dolor y la muerte antes que ceder a lo que es indigno de un hombre. (…) La historia de todas las culturas está llena de gestos ejemplares de hombres que han sabido sacrificar lo personal ante deberes que consideraban más altos: por el bien de su patria, por el amor de sus padres, de su cónyuge o de sus hijos, por amistad. (…) Son hechos admirables que despiertan el deseo de imitarlos. Han servido en todas las culturas como pautas para la educación de la juventud”.
No sería realista pedir a todos los jóvenes que aspiren a ser protagonistas de grandes hazañas, pero sí que valoren e intenten imitar el silencioso heroísmo cotidiano de muchas personas en su vida ordinaria, cuidando hasta los detalles más pequeños de sus deberes familiares y profesionales. Los jóvenes deben saber a tiempo que la juventud no nació, esencialmente, para la diversión, sino para el heroísmo. Aunque los actos heroicos siguen existiendo en la vida diaria, la figura del “héroe” ha perdido su lugar en la cultura contemporánea. La ausencia o la disminución del heroísmo en nuestro mundo se debe a una confluencia de factores sociológicos, culturales, y tecnológicos:
- Relativismo cultural y moral. Se tiende a dudar de las verdades absolutas y a desconfiar de las narrativas épicas. La postmodernidad fomenta una visión relativista: los valores son cuestionados, dificultando la consolidación de figuras heroicas.
- En lugar de héroes auténticos, la cultura contemporánea prefiere personajes ambiguos con los que el público se identifica más fácilmente.
-Nuestra época se caracteriza por la especialización y la tecnología, lo que suele llevar a la deshumanización. Muchos problemas son resueltos por sistemas o tecnologías, en lugar de por el esfuerzo individual heroico.
-El predominio de los intereses personales sobre el sacrificio desinteresado por una causa noble.
- Los actos heroicos a menudo requieren poner en riesgo la propia vida, algo que en un mundo enfocado en la seguridad y la comodidad personal tiende a evitarse. Los héroes suelen forjarse en la adversidad, creciéndose ante dificultades-reto que les invitan a dar lo mejor de sí mismos. Muchos hombres anónimos y pusilánimes se revelaron en la primera Guerra Mundial como grandes soldados. La dureza y peligrosidad del campo de batalla estimulaba un fondo de heroísmo que ellos mismos desconocían.
Gerardo Castillo Ceballos. Doctor en Pedagogía. Profesor emérito de la Universidad de Navarra