¿Para qué educamos?

Santiago Pangua Cerrillo

Publicado el 23/10/2025 a las 07:35

Cada cierto tiempo, los responsables políticos anuncian una nueva reforma educativa. Cambian los nombres de las leyes, los currículos, los métodos, los exámenes, las materias… pero casi nunca se aborda la pregunta esencial: ¿para qué educamos? Pareciera que la educación se ha convertido en un campo de batalla ideológico, más interesado en modelar conciencias que en formar personas libres. La escuela, que debería ser el espacio donde aprender a pensar, se usa con frecuencia para enseñar qué pensar. En lugar de preparar ciudadanos capaces de convivir, discernir y construir juntos, los sistemas educativos se reconfiguran al compás de las ideas políticas de turno, olvidando su misión más profunda: formar seres humanos completos.

Educar no es adoctrinar. Educar es ayudar a cada persona a descubrir su dignidad, a convivir en libertad y respeto, a desarrollar la compasión hacia los más vulnerables. Es enseñar a escuchar y a dialogar, a reconocer en el otro a un igual, aunque piense distinto. Es también enseñar a cuidar de uno mismo, de los demás y del entorno, cultivando una cultura de prevención y protección que nos permita vivir seguros y sanos.

En un mundo cada vez más incierto, con riesgos globales y crisis recurrentes, la educación debería despertar la conciencia del riesgo y la responsabilidad compartida. Formar a los jóvenes para percibir los peligros, anticiparse a ellos y actuar con prudencia no es un lujo, sino una necesidad. La educación en seguridad, en salud, en sostenibilidad y en solidaridad debería ocupar un lugar central en cualquier sistema educativo que aspire a servir al bien común.

Pero educar también es reconocer que somos parte de algo mayor: una humanidad con un origen común y un destino compartido. Si olvidamos que todos somos hermanos, que habitamos la misma casa y dependemos unos de otros, la educación se reduce a una competencia por títulos y empleos, y pierde su sentido trascendente.

Por eso, antes de volver a redactar una ley educativa, tal vez convendría volver a formular la pregunta: ¿para qué educamos?¿Para crear ciudadanos dóciles y funcionales al sistema? ¿O para despertar personas libres, responsables y solidarias?

Si educamos para reproducir nuestros propios prejuicios, estaremos fabricando copias, no seres humanos. Pero si educamos para ayudar a cada persona a ser plenamente ella misma y a construir un mundo más justo y humano, estaremos cumpliendo el verdadero propósito de la educación.

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