Sobre el Monumento a los Caídos

Jesús Ángel Martínez Ganuza

Publicado el 18/10/2025 a las 08:37

El debate sobre el Monumento a los Caídos de Pamplona suele incluir argumentos que apelan a su valor histórico, señalando que “es una construcción de su época” y que, por ello, debe respetarse. Sin embargo, esa forma de contextualizar, aunque bienintencionada, puede sonar a justificación. Y justificar un momento histórico, en el fondo, también implica juzgarlo desde parámetros actuales. Lo verdaderamente valioso no es juzgar ni justificar la historia, sino comprenderla y situarla en su contexto.

El edificio lleva más de diez años cerrado al público, y eso es un problema grave. No se puede transformar ni resignificar lo que no se conoce. Abrirlo a la ciudadanía es esencial para entender qué representa, qué valores encarnaba y por qué hoy resulta necesario repensarlo. Se habla de ocultar la cúpula, de abrir un tragaluz, de resignificar la cripta… pero todo esto ocurre sin un verdadero proceso participativo. ¿Cuántos de ustedes han podido visitar este edificio? ¿Entrar a la cripta? Un lugar al que, durante años, solo ha tenido acceso la Hermandad de Caballeros Voluntarios de la Cruz, mientras el resto de la población ha permanecido excluida. Me parece un grave error tratar estos asuntos con cierto oscurantismo, sin mostrar en su totalidad -de forma presencial- qué es el edificio, de qué está compuesto, qué obras alberga en su interior, qué se quiere cambiar y por qué.

Parece que se quiere repetir el error cometido con el Fuerte de San Cristóbal: intervenir sin abrirlo primero a la ciudadanía, sin explicar con claridad qué se pretende hacer. Esto me parece de suma importancia.

Además, no hay que cerrar ninguna narrativa, como pretenden quienes abogan por su derribo. Hay que llamar a las cosas por su nombre. Solo así se puede construir una memoria honesta, plural y crítica. El silencio y el cierre perpetúan la confusión; la apertura y el diálogo permiten comprender. De sobra es sabido que maquillar la historia solo trae consecuencias negativas.

No se trata de borrar el pasado, ni de conservarlo como reliquia. Se trata de comprenderlo, de contextualizar y de usarlo como herramienta para construir una memoria crítica que no repita errores ni glorifique injusticias. Transformar un lugar de culto al totalitarismo en un espacio de reflexión democrática no es justificar ni juzgar: es abrirlo, conocerlo y resignificarlo desde el conocimiento compartido.

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