Nos sobra tecnología, pero nos falta humanidad

Marian Sainz Marqués. Trabajadora Social / Experta en Gestión y Liderazgo de S.S y centros Sociosanitarios. Directora de Amavir Oblatas

Publicado el 02/10/2025 a las 07:39

Llego a una oficina de la administración pública para hacer un trámite. La cola es larga, y delante de mí hay un señor mayor, fácilmente de más de 80 años. Lo noto nervioso, lleva una carpeta con varios documentos y un sobre arrugado bajo el brazo.

Cuando por fin llega su turno, se acerca al mostrador digital de autoservicio -esa máquina que ha sustituido a la ventanilla de toda la vida-. Lo veo tocar la pantalla una y otra vez, con indecisión, sin lograr avanzar. Mira a un lado, luego al otro, y finalmente se gira hacia la cola. Sus ojos buscan ayuda

Al estar justo detrás, me mira directamente. Con un gesto silencioso me pide auxilio. No lo dudo un segundo. Me acerco y le ofrezco mi ayuda. El señor, con voz baja y humilde, me dice:

-Por favor… no entiendo esto.

Me explico con calma, le voy indicando en qué opciones tiene que pulsar, qué casilla seleccionar, dónde introducir sus datos. Evito en todo momento tocar sus papeles, por respeto a su intimidad y porque sé que son documentos personales importantes. Él, con esfuerzo, va siguiendo mis indicaciones. Al cabo de unos minutos, consigue terminar el trámite. Se le ilumina la cara: lo ha logrado.

Nos apartamos para que pase la siguiente persona. Entonces, agradecido, mete la mano en su bolsillo, saca su cartera y me ofrece un billete de cinco euros. Me dice con ternura

-Tómese un café, se lo ruego, es lo menos que puedo hacer.

Me quedo helada. Rechazo el dinero con una sonrisa y le digo:

-No, por favor, no tiene que darme nada. Ayudarle ha sido un placer.

Guarda el billete, me da la mano con fuerza y me agradece una y otra vez. Yo le devuelvo el agradecimiento, y nos despedimos.

Me voy con un nudo en la garganta. Pienso en él y en tantos mayores que hoy están siendo desplazados, atrapados en un mundo digital que no habla su idioma. Ellos nos dieron todo: trabajaron, lucharon, sostuvieron al país para que hoy tengamos servicios y avances. Y ahora, cuando más necesitan compañía, paciencia y humanidad, los dejamos solos frente a una pantalla fría.

Sucede en oficinas de la administración, en la sanidad, en los bancos, en la seguridad social… en todos los sitios donde ya no hay rostros que atiendan, sino máquinas impersonales.

Es doloroso. Tenemos tecnología de sobra, pero nos falta humanidad. Estamos deshumanizando a quienes más respeto merecen. Es urgente que el gobierno y las instituciones tomen medidas: no podemos abandonar a nuestros mayores. Ellos fueron el pilar de nuestro presente. Lo mínimo es que ahora estemos ahí para sostenerlos.

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