Educar más allá de los discursos y los programas
Publicado el 25/09/2025 a las 07:31
He leído con atención la noticia publicada sobre el informe de la Fiscalía de Navarra, en el que se señala que la formación en igualdad no está calando. Y no me sorprende. La experiencia nos demuestra que no basta con repetir consignas o diseñar programas; solo con una auténtica formación en virtudes -y no únicamente en lo que solemos llamar valores- podremos lograr una verdadera educación. Una educación que forme a personas realmente humanas, capaces de cuidarse unos a otros, de respetar y valorar las diferencias, y de rechazar cualquier forma de violencia.
Es fundamental educar a nuestros niños y jóvenes en la no violencia, lejos de partidismos y discursos sesgados. Me llama la atención, por ejemplo, el estruendo mediático en torno a la causa palestina, mientras apenas se alza la voz frente a la guerra de Ucrania o ante las matanzas de comunidades cristianas en diversas partes del mundo. ¿No deberían todas las víctimas, sin distinción, recibir nuestra misma compasión y defensa?
Asimismo, no podemos hablar de educación en la paz mientras seguimos tolerando la omnipresencia del alcohol y las drogas en nuestra sociedad. ¿Qué mensaje transmitimos a nuestros jóvenes si normalizamos aquello que tantas vidas destroza? Tampoco ayuda el modelo que reciben de quienes deberían ser referentes: nuestros políticos. Los espectáculos de gritos, mentiras, corrupción, descalificaciones y enfrentamientos constantes en el Congreso, y muchas veces también en su vida privada, son un pésimo ejemplo de respeto y resolución pacífica de conflictos.
Invertimos ingentes cantidades de dinero en programas educativos, los gobiernos destinan millones a asesores de todo tipo, muchas veces elegidos más por afinidades ideológicas y amiguismos que por auténtica valía profesional. Pero si los adultos no educamos con el ejemplo y no recuperamos las auténticas virtudes humanas, todos esos programas quedarán en palabras vacías, incapaces de transformar la sociedad. La igualdad, como la paz, no se impone: se aprende, se vive y se transmite. Y eso exige una voluntad sincera de cultivar virtudes, más allá de la retórica.