El abandono rural y la lección del fuego
Publicado el 22/07/2025 a las 07:51
En un mundo cada vez más urbanizado, donde el 68 % de la población mundial vivirá en ciudades en 2050, según estimaciones de Naciones Unidas, la desconexión con la tierra no es solo un fenómeno geográfico o económico: es una ruptura cultural. Un olvido colectivo. El abandono del mundo rural, de sus personas, saberes, paisajes y formas de vida, ha sido uno de los errores más profundos y menos reconocidos de nuestro tiempo. Y, como en tantas ocasiones a lo largo de la historia, la naturaleza está empezando a corregirlo a su manera: con desastres.
Los incendios forestales ya no son los mismos. Se han vuelto más impredecibles, más rápidos, más destructivos. El llamado “fuego de sexta generación” no solo quema superficie; colapsa ecosistemas, amenaza núcleos urbanos y desafía a servicios de emergencia y a modelos de gestión forestal obsoletos. Estos incendios no son anomalías: son síntomas. Síntomas de un territorio despoblado, sin pastores ni agricultores, sin manos que limpien el monte ni ojos que vigilen el horizonte. En definitiva, de un paisaje sin tejido humano.
El abandono rural no fue producto de un desastre natural. Fue una elección difusa, progresiva, colectiva, impulsada por políticas que priorizaron la industrialización, la centralización de servicios y un modelo de desarrollo que confundió bienestar con urbanización. El campo se vació mientras las ciudades crecían. Se abandonaron cultivos, se cerraron escuelas, se perdieron oficios. Y con cada familia que se marchó, el monte quedó más solo, más desprotegido.
Pero, así como el abandono fue una decisión, también puede serlo la regeneración. Porque si algo nos enseña la naturaleza es que todo lo que se descuida se transforma. Y también que lo que se cuida, florece.
Cada incendio, cada inundación, cada sequía extrema es una señal. Duele, pero también despierta. Nos recuerda que no somos espectadores, sino parte de un sistema. Que el cuidado del entorno no es una nostalgia bucólica, sino una necesidad urgente. Y que el futuro se juega también en la capacidad de reconstruir una cultura del arraigo, del compromiso mutuo y de la corresponsabilidad entre lo humano y lo natural.
Volver al mundo rural no significa retroceder, sino avanzar hacia un modelo más equilibrado. Significa reconocer el valor estratégico de la vida rural: como barrera contra el cambio climático, como escuela de resiliencia, como espacio de autonomía alimentaria y energética. Donde hay personas comprometidas, hay prevención. Donde hay comunidad, hay futuro. Y donde hay vida rural digna, hay monte y campos vivos.