La Pamplona que fue, la Pamplona que es

Jesús Ángel Martínez Ganuza

Publicado el 21/06/2025 a las 09:13

Hay una ciudad que ya no es mía, aunque la lleve grabada en las entrañas. Pamplona, nombre que suena a campanas antiguas, a pasos que se pierden en el eco de las calles estrechas, a risas que se esfuman entre sociedades gastronómicas y txokos. Ahora, cuando camino por sus plazas, siento que alguien me ha robado el alma de esta tierra, que la han envuelto en un papel de regalo y la han vendido al mejor postor. Los apartamentos turísticos se alzan como fantasmas modernos, ventanas cerradas que no miran, que no sienten. Donde antes había vida, ahora hay silencio. Donde antes había historias, ahora hay códigos QR para acceder a menús y Wi-Fi gratis. Cafeterías modernas a 4€ el café han plantado su bandera en cada esquina, como un conquistador que no entiende de tradiciones, de aromas a café de verdad, de tertulias que arreglan el mundo. Y los bares... esos bares de tercera, que han cambiado los pintxos de toda la vida por menús en inglés y precios que duelen más que la nostalgia, y no solo a guiris, a nativos también. Solo quedan dos calles. Dos calles que resisten, que se aferran a lo que fueron, como un último suspiro de una ciudad que se desvanece. No diré sus nombres, porque si lo hago perderán su magia. Serán invadidas por cámaras y selfies, por gente que no entiende que estas piedras guardan secretos, que estas paredes tienen memoria. Prefiero guardármelas como un tesoro escondido, como un refugio al que acudo cuando necesito recordar que, alguna vez, esta ciudad fue mía. A veces, al atardecer, cuando la luz se filtra entre los edificios y tiñe de oro las fachadas, cierro los ojos y escucho. Escucho el rumor de lo que fue: el bullicio del mercado, las voces de los viejos en los bancos, el ruido de las copas al brindar por San Fermín. Pero cuando abro los ojos, solo veo sombras de lo que pudo ser, de lo que ya no es. Pamplona, te echo de menos. No a la que eres, sino a la que fuiste. La de Víctor Eusa, la del doctor Arazuri, la de Jiménez Jurio. A la que vive en mis recuerdos, en esas dos calles que guardo como un secreto, como un último pedazo de ti que aún me pertenece. Sé que no volverás.

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