El timón de la diplomacia
Publicado el 16/06/2025 a las 06:32
Decía Newton que podía medir el movimiento de los cuerpos, pero no la locura humana. Putin y Trump se dividen el mundo, pisoteando los derechos humanos y ninguneando a Europa. El timón de la diplomacia está en manos de dos personas, capaces de oscurecer el planeta, que han puesto en jaque el equilibrio de poderes en la política internacional, generando un terremoto diplomático que vuelve a subrayar el temor y el desconcierto. Seguimos rodeados de inquisiciones que continúan sobreviviendo más allá de todos los crepúsculos vividos. Hambre, injusticia, falta de libertad y miseria hacen que la calavera del mar siga recibiendo pateras cargadas de miedo y esperanza. La verdad del hombre, ahora en estupro, concluye siempre con “una canción desesperada”. Tiempos de sombra, sin música ni argumento para la ilusión del poeta. La reserva espiritual de Occidente se está diluyendo en el materialismo consumista, en cuyo parking toda Europa echa su moneda. El silencio generalizado actúa como elocuencia, y los datos como pedradas en los referentes utópicos. Los coros y danzas de la ultraderecha suenan con mayor fuerza, silenciando las débiles señales del idealismo y conduciéndonos hacia un progresivo empobrecimiento y desequilibrio. Las civilizaciones se construyen con ideas, pero se siguen defendiendo con armas. El poder intercede por el poder; así está atado el sistema. Hay siglos miedosos y siglos confiados; en cualquier caso, siguen retornando los enfrentamientos desde nuestro primitivismo cainita, haciendo difícil comprender que, tras tanta muerte, sacrificio y ruinas, no surja una humanidad mejor. La paloma de la paz que echan a volar los políticos sigue siendo mensajera, representando una paz de ida y vuelta. El conflicto armado entre naciones es una auténtica pesadilla, pero negar su posibilidad es tan ocioso como negar la felicidad, sin que ello nos impida ver que diplomáticos, militares y gobernantes hablan de la guerra de un modo antagónico a como lo hacen las viudas, los huérfanos y los poetas. Normalmente son los poderosos quienes conspiran contra el pueblo, y no lo contrario. En cualquier caso, no se consulta a la sociedad sobre si existe o no causa inevitable para sumergirse en una guerra. El progreso de la razón indica que solo debe declararse la guerra por la autoridad del pueblo, que es quien soporta sus males, mientras los gobiernos cosechan sus frutos llevando a miles de seres a morir por unos ideales que no siempre son de quienes combaten. La primera víctima de la guerra es la verdad tectónica de cuanto nos acontece. Tras las contiendas, los ricos se hacen más ricos, aumenta la miseria de los pobres y crece el silencio de los hombres. Evoluciona la ciencia y la tecnología, pero sigue sin evolucionar el alma. No logramos alcanzar esa paz universal, siempre expuesta a la perdigonada atómica de los trogloditas que siguen poblando el planeta. De vez en cuando, la moral de los países debe hacerse un chequeo; no siempre hemos sido, ni somos, un panal de rica miel donde todos vivimos de trabajar creando solidaridad y respeto. Precisamos depuraciones interiores de escepticismo sonriente que nos permitan vivir en nuestro pequeño e íntimo universo, en el que funciona la voluntad como una constelación afortunada de motivaciones. En este contexto de temor, de rearme y de eufemismos en el que estamos inmersos, hay que aventar las cenizas de la cerrazón y el fanatismo, que siempre mienten a la pureza de la verdad, falseando la belleza que contienen las ilusiones del espíritu humano. La pluralidad de la vida tiene también un exceso de belleza que anda errante, sin que prestemos la atención que requiere, en un mundo que principia cada mañana.