Salvado de un gran peligro
Publicado el 01/06/2025 a las 08:21
Era una fría mañana de fuerte viento horizontal en Salamanca, donde hay un famoso puente construido con madera y metales apropiadamente combinados, que atraviesa el río Tormes, cuya anchura en ese lugar, sobrepasa el medio kilómetro.
Por aquel entonces, yo era un joven estudiante de Teología que vestía el hábito de la orden religiosa de padres Paúles, cuyo centro estaba situado a la derecha de la carretera nacional a Madrid, cerca de Santa Marta: un edificio cercano al río, denominado en el particular lenguaje estudiantil, “El Escorial”, por su parecido con su homónimo de Felipe II.
Los primeros sábados de mes, salíamos una partida de 5 en plan “picnic”, para disfrutar de la naturaleza. Al comienzo de tal actividad, subíamos por una vereda hasta el inicio del puente. Yo iba el primero a la izquierda del grupo. Un violento aire impedía oír el silbido del tren, que se acercaba a nosotros, a pesar de los gritos del guardagujas, hasta pegarme en el hombro con la manilla de metal y tirarme a la orilla del río. Inmediatamente, llegó la ambulancia para llevarme al hospital. Una vez que el maquinista llegó a la estación, dijo: “he matado a otro cura”; porque el mismo conductor, un año antes, a la misma hora y con el mismo tren, había atropellado de muerte a otro teólogo indio de nuestra misma congregación, en el mismo lugar.
Al día siguiente, el caso apareció en primera página de “La Voz de Castilla”. Por suerte, todo quedó en una contusión traumática.