El consumo como pérdida de identidad

Jesús Ángel Martínez Ganuza

Publicado el 09/03/2025 a las 08:45

Gastar 15 o 20 euros en una hamburguesa en un país como España, cuna de la dieta mediterránea, no es solo un acto de consumo: es un síntoma de una esquizofrenia cultural. Mientras celebramos el aceite de oliva, el jamón ibérico y las verduras de temporada, abrimos la cartera para pagar precios obscenos por un pan de brioche insulso, carne congelada de origen incierto y una patata frita que sabe a derroche.

No es solo hambre: es la fetichización de lo efímero. Pagamos por la ilusión de pertenecer a algo “global”, por la foto en Instagram, por el logo de un local que podría estar en Berlín, Tokio o Miami. Las hamburguesas caras son el símbolo perfecto de esta era: productos inflados por el marketing, vacíos de autenticidad, empaquetados en una estética vintage que finge calidez. Y así, mientras mordemos un panecillo artesano que sabe a aire, nuestras ciudades se convierten en parques temáticos del capitalismo homogenizado. Los comercios locales cierran, sustituidos por franquicias que venden la misma hamburguesa en Valencia, Sevilla o Bilbao. Las plazas se llenan de terrazas idénticas, con menús idénticos, para turistas que buscan una experiencia “auténtica” sin salir de su zona de confort. Es un canibalismo urbano: devoramos lo que nos hace únicos para regurgitarlo como un producto empaquetado y sin alma.

Nos han convencido de que lo caro es sinónimo de calidad, aunque la verdadera calidad siga ahí, olvidada en los márgenes, esperando a que dejemos de correr tras lo nuevo para redescubrir lo que siempre fue bueno.

La dieta mediterránea no tiene por qué ser un eslogan para folletos turísticos. Pero para evitarlo, hay que dejar de creer que pagar 20 euros por una hamburguesa es un acto de sofisticación, y no de sumisión a una máquina que nos convierte, poco a poco, en extranjeros de nuestro propio paisaje.

Jesús Ángel Martínez Ganuza

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