La alegría de la Navidad
Publicado el 17/12/2024 a las 07:22
Se acerca la Navidad. Nos lo vienen recordando, desde hace semanas, la iluminación de las calles, los belenes, los planes de comidas familiares o de amigos, los regalos que hacemos o recibimos, los villancicos… Y, desde hace unos años, la proliferación de vídeos y de imágenes en las redes sociales. Son, sin duda, señales que anuncian la proximidad de esa conmemoración anual de los cristianos y punto de referencia de nuestros calendarios y del cómputo del tiempo.
Pero si la alegría que prometen todas esas señales prenavideñas no tuviera una razón más honda, justificarían una gran frustración por su incapacidad para colmar, por sí solas, nuestras expectativas: esa sed humana de dicha que solo Dios puede llenar. Si lo que de verdad ansiamos es algo que satisfaga plenamente el deseo de felicidad que todos tenemos, algo que llene de sentido nuestra vida y cada uno de nuestros días, habremos de pararnos a escuchar el mensaje que nos trae, que nos ha traído, la Palabra encarnada en ese Niño que vemos en los nacimientos. Ese es el mensaje que ya anunciaron los profetas en el Antiguo Testamento: “Alégrate, hija de Sion, grita de gozo Israel, regocíjate y disfruta con todo tu ser”. Y es que la alegría, como dice el papa Francisco, “es la respiración, el modo de expresarse del cristiano”. Así como la respiración es la primera manifestación de la vida, la alegría es una manifestación de que Jesús ofrece una respuesta auténtica a los anhelos profundos de nuestro corazón.
Si la alegría dependiera solo, o principalmente, de la satisfacción de las necesidades materiales, de la salud, del éxito de nuestros proyectos, de ser reconocidos y estimados, incluso de nuestras virtudes, razón tendríamos para estar deprimidos y desengañados. Son cosas que no nos aseguran la felicidad. La Navidad nos descubre que Dios nos quiere no por lo que hacemos o por lo que dejamos de hacer, sino por lo que somos: sus hijos muy queridos. Y esa es la verdadera fuente de paz y de alegría para nosotros y, a través de nosotros, para quienes nos rodean.
Las fiestas navideñas son también ocasiones de encuentros familiares, de reuniones con amigos y colegas, de reanudar contactos con quienes viven lejos. Oportunidades, en suma, de manifestar nuestro cariño y aprecio, y nuestro servicio y solidaridad, con quienes estén necesitados. Si Dios ha querido hacerse hombre para que todos pudiéramos encontrarlo, los cristianos, como discípulos suyos, queremos contribuir con el mensaje que vino a traer: cada uno de nuestros gestos de cariño puede ser fuente y renovación de la alegría del ambiente en el que nos encontramos. Jesús quiere nacer en los demás a través de nuestras pequeñas obras de amor.
Una de las fuentes de la alegría proviene de perdonar y de ser perdonado. El evangelio nos muestra en muchas ocasiones la alegría de Jesús cuando perdona, como en la parábola del hijo pródigo, en la que el perdón va seguido de una gran fiesta para celebrar el regreso del hijo. Dios es así. El despliegue de su misericordia nos desborda y nos sirve de ejemplo: perdonar a quien nos ofende es siempre una fuente de inmensa alegría. Encontramos alegría al perdonar porque, al hacerlo, nos asemejamos un poco más a Dios. Como decía san Josemaría Escrivá, “perdonar es algo divino”. Ojalá sepamos aprovechar estas fiestas navideñas para que resuene en nuestros oídos su mensaje profundo de paz y de alegría, de esa paz que el mundo no puede dar, y de esa alegría que el mundo no nos puede arrebatar. Feliz Navidad.
José María Montes Andía