El precio del resentimiento
Publicado el 27/06/2024 a las 07:29
De nuevo el verano asomándose a los balcones, madurando frutos, dorando los trigales y llamándonos hacia el azul del mar. Llega el sudor ligero de la siesta, la roja intensidad de los crepúsculos, las noches con pirotecnia de estrellas y la blanca luna desnuda en un cielo sin velos de nubes. Bellos amaneceres de luces doradas con aromas y sonidos como testigos de los días que estrenamos tan enverdecidos de verdes. Nos entregamos a la placidez de las sombras en las que una brisa hedonista pasa sobre nuestro adormecido pensamiento. La abulia de la política se extiende y se despereza con genuina parsimonia. Transcurren los años y seguimos viendo pasar el jinete del resentimiento, tan espoleado por nuestras clases dirigentes, sin despeñarse por la cuesta de nuestra belicosa historia. El arquetipo del rencor, tan peligroso como destructivo para la convivencia, lleva demasiado tiempo entre nosotros. Hay una mediocridad intelectual y espiritual que lo oculta, por ser algo vergonzante, pero la herida sigue abierta en la sociedad española. El resentimiento, tan arraigado en la sociedad, ve sus raíces abonadas en el jardín de la política, donde los partidos corren el riesgo de cavar su propia fosa electoral al proclamar una interpretación unívoca de la verdad. Sánchez y Feijóo, nuestros nuevos evangelistas, se disputan España sin proyectos ilusionantes mientras incendian la política y, al igual que Nerón, siguen tocando su lira en los cuadriláteros de la descalificación y el oportunismo, practicando su capacidad coercitiva. Lejos de Rousseau, que meditaba sobre la sociedad y la revolución del pensamiento, nuestros líderes solo meditan sobre las próximas elecciones en su presente fáctico. Nuestra política empieza a ser un violín negro acariciado por el guante de una ultraderecha que pasea el ataúd de la democracia por toda Europa. Estamos haciendo una sociedad próxima a crear el museo de la decadencia, en la que nadie quiere comprometerse a nada, cada vez más enconados, con una invisible conciencia colectiva que es, en suma, la falta de conciencia.
Tenemos, como decía Ortega, obliterada y hermética el alma, incapaces de transmigraciones que nos acerquen a los demás. Rendimos culto a un pasado muerto olvidando el prodigio de lo vivo. Seguimos aferrados a los negros pasajes de nuestra historia sin dejar el camino limpio para dar paso a los tornasolados reflejos de la concordia. El desprecio de nuestro país por la inteligencia ha impedido realizar nuestra propia revolución humanística, propiciando continuas diásporas de jóvenes tenazmente preparados que buscando mejores salarios, o huyendo de fanatismos ideológicos, atravesaron y atraviesan otras fronteras. España forma mujeres y hombres y los desperdicia entregándolos a esa gran amante que es Europa, dispuesta a brindarles el beso casto del reconocimiento a sus valías. Decía el gran bailarín Nijinsky que todos deberíamos ser ligeros como ángeles; aquí, en política, se lleva el pisar estruendoso de la soberbia y el poder, impidiendo que la vida, tan escasa de poetas revolucionarios, se acerque a ser un ballet de delicadezas. El hábito blanco del pensamiento limpio, clarividente y ético se aleja de nosotros ante la degradación, tan aceptada, de un planeta desequilibrado que compra barata nuestra mercancía de fracaso. El último reducto de la pureza está en la mente del ser humano, de donde puede salir para perderse en la frivolidad errante o para implicarnos en la búsqueda de un mundo más solidario que persiga la dignificación de la vida.