Corpus Chisti, Día de la Caridad

José María Montes Andía

Publicado el 02/06/2024 a las 08:36

En la fiesta del Corpus Christi, la Iglesia celebra el Día de la Caridad, la principal virtud cristiana, la que caracteriza a los discípulos de Jesucristo. Virtud inseparable del perdón, del que tan necesitados estamos hoy en la sociedad. Si la presencia de Dios Padre se desdibuja en el horizonte humano, se esfuma también el perdón, porque perdonar, como ha dicho un santo de nuestro tiempo, es algo divino. El perdón no conoce límites, no discrimina a nadie. Cuando san Pedro, juzgando necesario ampliar la tradición judía que obligaba a perdonar tres veces a un culpable, pregunta a Jesús cuántas veces tiene que perdonar a quien le ofende, y sugiere si hasta siete veces, el Maestro le responde: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mateo 18: 22), es decir, es necesario perdonar siempre. Qué lejos se encuentra esa respuesta de la lógica humana que impera en las relaciones sociales. El papa Francisco nos recuerda la importancia de imitar ese desequilibrio, esa desproporción, del amor de Dios a los hombres: no tiene medida. Va más allá de los límites, supera los cálculos normales dictados por la prudencia. Así como el amor humano tiende a tenerlo todo en orden y bajo control, buscando una reciprocidad, con temor a excederse y a ser vulnerable, a amar solo a quien nos ama, y a devolver con la misma moneda cualquier agravio, la actitud cristiana sigue representando, tras dos milenios desde que se promulgó, una reacción innovadora y hasta revolucionaria. Si Dios siguiera esa lógica mundana, no tendríamos esperanza de salvación. Pero, por suerte, el amor de Dios supera todo merecimiento y expectativa, va más allá de los criterios humanos. En lugar de buscar igualar el contador, tanta falta igual a tanto perdón, él nos pide abrirnos a lo extraordinario de un amor gratuito. Ha sido el “desequilibrio” de la cruz el que nos ha salvado, el amor siempre excesivo de Dios. Perdonar, y perdonar siempre, es mucho. Pero no queda ahí la lección de Jesús. El reto que nos propone consiste en que nos amemos los unos a los otros como él nos ha amado (Juan 13: 34), empezando por las personas que tenemos más a mano, los “prójimos”. Y es que el amor del prójimo limpia los ojos para ver a Dios, como dice claramente el apóstol Juan: “Si no amas al prójimo, a quien ves, ¿cómo vas a amar a Dios, a quien no ves?” Querer a las personas que nos rodean es el camino para poder amar, sinceramente y de corazón, al Señor. Un amor al prójimo que nadie ha dicho que sea fácil, pero que sí es posible, con la ayuda y el ejemplo del Maestro. Un amor que está hecho de comprensión, de paciencia, de detalles de servicio en lo pequeño y ordinario de cada día, de no llevar cuenta de posibles (y quizá presuntas) afrentas. Porque es ese amor el que lentamente transforma los conflictos, acorta las distancias, supera las enemistades y sana las heridas del odio o de la indiferencia. Dios ha dicho claramente que nos espera en cada persona con la que nos encontramos. Y, por si fuera poco, Jesucristo ha prometido que él mismo amará a los hombres a través de nosotros: “Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mateo 25:40). La fiesta del Corpus Christi puede representar un impulso para llevar cariño, comprensión y paz allá donde nos encontremos. Y en este empeño, una simple sonrisa puede ser un buen comienzo; muchas veces es el gesto que puede cambiar el día a quien lo recibe.

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