Mi colegio

José Ignacio Palacios Zuasti

Publicado el 31/05/2024 a las 07:38

Desde que en el ya lejano mes de mayo de 1962 hice el ingreso de Bachiller muchas, cientos, fueron las veces que pasé por su puerta y siempre que lo hacía pensaba lo mismo: ‘mi Colegio’, pero nunca había vuelto a entrar en él hasta que, inesperadamente, en la tarde del 1 de agosto de 2000 vi en la puerta de la calle, que entonces todavía no era la avenida de Juan Pablo II, a unas monjas vestidas de paisano a las que me presenté, les dije que era antiguo alumno y amablemente me invitaron a entrar.

Al traspasar su puerta, en unos breves instantes, se agolparon en mi mente recuerdos y vivencias de algo que había pasado hacía ya muchos años, casi cuarenta, y comprobé que la entrada, los pasillos, el patio del recreo, la sala de juegos de los días de lluvia o el comedor, seguían siendo los mismos, pero que, con mis ojos de niño, me parecía grandísimos y en ese momento era como si los hubieran encogido. En un instante recordé a la Madre Anunciación, la de la eterna sonrisa, que tanta paciencia tenía con nosotros y que, tras de su hábito, me parecía muy mayor, pregunté por ella y al decirme su edad y hacer cálculos comprobé que cuando era mi profesora tendría poco más de treinta años. Con avidez busqué, sin éxito, una campana que había en el pasillo, con la que nos daban los avisos, y que esas monjas ni recordaban, y los nombres de mis compañeros, algunos de ellos a los que no había vuelto a ver desde que salimos y les había perdido la pista, parecía como si los tuviera en hibernación y al instante me salieron casi de corrido. La visita duró una intensa hora y media y me despedí diciendo que volvería.

Desde entonces han pasado ya casi 24 años, y no he vuelto a entrar, pero cuando pasaba por su puerta, al ver el edificio, seguía pensando lo mismo: ‘mi Colegio’. Así ha sido hasta hace unos pocos días que la piqueta ha acabado con él. Me estoy refiriendo al Colegio de las Misioneras del Sagrado Corazón de Pamplona. A partir de ahora cambiará la fisonomía de esa zona de la ciudad y ya no me recordará a mi infancia. De todas formas, prefiero esa solución de borrón y cuenta nueva a la que se está acometiendo con Maristas. Yo creo que por respeto a Víctor Eusa hubiera sido mejor que hubieran demolido su Colegio de ‘Santa María la Real’ y construido en ese solar algo de nueva planta en vez del ultraje que, con la bendición de las últimas corporaciones municipales, se está llevando a cabo en su “protegido” edificio.

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