De banderas y símbolos
Publicado el 21/04/2024 a las 08:35
¿Es posible la vida sin himnos ni banderas? Definitivamente, no. Siendo vasco, me ha tocado soportar durante toda una vida la exhibición gratuita de ikurriñas de confrontación, logos, distintivos, dichos y expresiones nacionalistas vascos. Crecí en el marco del sofoco que desprende el aire enrarecido circundante. Creí entonces, en años de asfixia ideológica, que lo prudente era esforzarme en el alcance de lo propio, en el convencimiento además de que lo personal revierte en lo colectivo de lo que formamos parte. Me desarrollé en el convencimiento de que no somos nada sin el contexto en el que estamos inscritos. Creo en la multiculturalidad, en el asociacionismo, acepto la globalidad como premisa real de actuación. No concibo la vida sin la incidencia en mí de productos, marcas, empresas, medios, organismos, Estados, campañas, guerras y miedos lejanos que repercuten no obstante en mí. Trato en definitiva de desarrollar mi vida en mi convicción, al margen de distintivos escénicos, que a base de asociarlos a siglas concretas dejan de ser ya casi de todos. Rechacé la imposición de simbología, precisamente por su perenne y perseverante incidencia e imposición. Hoy en día, en que recupero cierta normalización en mi tierra de origen, percibo del mismo modo himno y bandera, mucho más allá de lo que me representa. Dejan de ser símbolos de una España plural y diversa, para ser distintivos del mismo modo nacionalistas, en relación con el modelo que anhela una parte. Así que trataré de seguir en mi línea. La de esforzarme por ser un ciudadano responsable, que trata de arrimar el hombro en cuanto compartimos, lejos a su vez de los cantos de sirena de quienes hacen de su respectivo proyecto redentor, tabla de salvación particular.
Respeto para mis símbolos, los de todos, cómo no. Amor también, pero lejos de imposiciones mediáticas y sociales. No logro exportar la bandera a la pantalla de mi móvil; me es del todo imposible extraerla del fondo de mi corazón.