El bodrio de Maristas

José Ignacio Palacios Zuasti, exconcejal del Ayuntamiento de Pamplona

Publicado el 11/04/2024 a las 07:25

Cuando estrenamos el siglo XXI, el edificio que Víctor Eusa diseñó para Colegio de Maristas cumplió 40 años, breve plazo para un inmueble como ese que podía seguir teniendo larga vida por delante, como la tienen los colegios de Carmelitas y Jesuitas y el Instituto, próximos a él, que son más antiguos y siguen cumpliendo la misión para la que fueron concebidos.

En 2006, en plena ‘borrachera’ inmobiliaria, se anunció la operación urbanística por la que Maristas se iba a Sarriguren y el edificio catalogado, que “tenía que mantener intacta la fachada y algunos otros elementos”, se convertiría en hotel de lujo con aparcamiento subterráneo. Eran condicionantes del Plan Especial de Reforma Interior (PERI) que establecía que la reforma de la manzana de Maristas estaba limitada por el hecho de ser de Eusa, algo que impedía su transformación y permitía únicamente una “reconversión funcional”. La operación parecía perfecta: colegio nuevo, hotel, respeto del edificio y aparcamiento.

Maristas firmó una opción de compra con una cadena hotelera, recibió una señal millonaria y comenzó la construcción del nuevo colegio. Pero, en 2008, vino la crisis que dio al traste a la operación cuando el nuevo colegio estaba muy avanzado, por lo que los Maristas se quedaron con la señal, pero colgados de la brocha. En 2009 se trasladaron a Sarriguren y el edificio quedó vacío. Cuatro años después, y por un curso, volvió a ser colegio porque, como declaró el director de Maristas-Sarriguren: “Irabia buscaba un espacio céntrico, cómodo y en buenas condiciones. Sólo ha habido que dar de alta el agua y la luz”. Había que buscar un plan “B” para financiar el nuevo colegio y buscar una salida a la obra de Eusa. Para ello se modificó el PERI, rebajando la protección del edificio, y se cambió la ley para permitir poder hacer viviendas de VPO en edificios en rehabilitación. Y Maristas presentó al Ayuntamiento una modificación “respetuosa” con el edificio, que consistía en construir 314 viviendas (el 70% de VPO) entre este y una torre acristalada de 20 plantas en su patio interior, con lo que se iba a construir en el patio, como señaló el alcalde Maya, “una gran plaza” de más de 1.800 metros cuadrados “con la que los vecinos del ensanche decían estar contentos”. El Ayuntamiento aprobó el proyecto, con el apoyo de UPN y PSN, en mayo de 2015. Dos meses después, el nuevo alcalde de Bildu, Asiron, declaró: “el de Maristas es un proyecto absolutamente especulativo”. No necesitó tirarlo él, decayó porque el Ministerio de Fomento informó “desfavorablemente” sobre la torre, porque “las servidumbres aeronáuticas podrían verse vulneradas”.

El Ayuntamiento de Asiron buscó un plan “C”: recrecer todo el edifico en 7,70 metros, modificando sus fachadas, en donde se construirán 108 pisos VPO, y construir dos bloques de 7 plantas en el patio, para 48 viviendas de lujo, tapando así la fachada sur del edificio. Resultado: desaparece la plaza y unas y otras viviendas estarán muy juntas, por lo que las de VPO serán oscuras, sin vistas y con poca ventilación, y las de lujo ventiladas y mucha luz. Para Bildu este proyecto ya no era ‘especulativo’ y le dio luz verde cuando, casualmente, se iba a adjudicar a un grupo vasco con domicilio social en Mondragón.

Ahora, cuando las estructuras empiezan a sobresalir por encima del tejado del edificio de Eusa, se comienza a palpar lo que las historiadoras de Arte Mercedes y Asunción Orbe describieron en estas páginas: “con esta agresiva intervención del colegio de Maristas de Eusa permanecerá la piel, la corteza, pero le roban el alma y su rica expresividad arquitectónica. Y todo esto es irrecuperable”. El resultado es este bodrio en el que los euros de unos pocos prevalecen sobre el interés general de la ciudad.

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