Infancias destruidas

Rafael Blasco García

Publicado el 08/02/2024 a las 07:45

La Franja de Gaza, a la que podemos considerar como la mayor prisión al aire libre del mundo, es también un cementerio en el que, bajo el terrible efecto de las bombas israelíes, el número de niños muertos ya se cuenta por miles. El demoledor estallido de hostilidades entre Israel y Gaza ha propiciado unas condiciones sanitarias infrahumanas en la Franja. Unicef da cuenta de esta masacre en la que, quienes sobreviven, se enfrentan a duros daños colaterales de devastadoras y traumáticas consecuencias. Ante estas brutales violaciones sin precedentes de la infancia, nos cuestionamos cómo los derechos humanos universales parecen estar en el inicio de primeras formulaciones, semejando una parodia de la degeneración e inanidad humana y de sus políticas de cernícalo carentes de carga ética fundacional, en un mundo amnésico, en cuanto a los abusos y horrores que soporta una gran parte de la infancia, situándonos en primera línea de la degeneración moral. Millones de menores se ven sometidos a duros trabajos, que en muchas ocasiones ponen sus vidas en peligro y les privan del derecho universal a la educación. Esta esclavitud se extiende a conflictos armados, trabajos domésticos en condiciones de violencia, explotación industrial y agrícola, matrimonios concertados y, en los casos más terribles, niños y adolescentes se ven sometidos a la explotación sexual. Todo ello constituye la mayor vergüenza e involución de nuestra especie, incapaz de proporcionarles políticas universales que frenen estas monstruosas lacras. De estos degradantes sometimientos se derivan taras físicas, psicológicas, desconfianza hacia el mundo y actitudes hostiles, que en la etapa de seres adultos desembocarán con frecuencia en lamentables consecuencias personales y colectivas. Los principios que sembremos en esa tierra fértil de nuestros menores, acabarán floreciendo con el transcurrir del tiempo. Todo niño precisa ser guiado por un delicado sendero para llegar a la madurez con la mirada limpia.

Hay un luto constelado y sonoro ante la muerte cruel de miles de niños que sucumben en guerras, hambrunas y enfermedades; es el grito mordiente de la raza humana que, pese a todo avance, sigue estando presente en las conciencias de quienes no albergan un corazón de acero. El drama de las infancias destruidas es la más significativa corona de espinas de la humanidad. Fanatismos, patrias y banderas no pueden justificar la barbarie del planeta. Es muy baja la temperatura revolucionaria de nuestra sangre, y es osado hablar de progreso mientras haya millones de niños marginados, explotados e infelices. Nuestros conocimientos no sirven de nada ante la inacción; decía Platón que el que aprende y aprende y no practica lo que sabe, es como el que ara y ara y no siembra. Las políticas universales desarrollan frases de naturaleza cosmética y de silente salvoconducto de una acomodada moral. Nuestro silencio, como una venganza de la conciencia, no impide que nos preguntemos, acusadores, dónde está la siempre tardía libertad de los niños, que acaban siendo el vapuleado saco de boxeo de todos los fanatismos políticos y religiosos que contaminan nuestra supuesta condición de seres humanos y racionales. El movedizo continente de la infancia, tan virgen y bello, carece del deterioro que las huellas de la humanidad van dejando en el camino; nuestros pequeños, en las circunstancias más adversas, siguen persiguiendo mariposas.

Nos movemos sobre el fondo del niño que fuimos, y esto es de capital importancia por la responsabilidad que nos atañe y que debe priorizar todas nuestras acciones antes de que los menores se inicien en el tremendo disparate interplanetario en el que estamos inmersos, desde que un día, cuando aún olíamos a futuro, pasamos de la edad escolar a hacer novillos eternos.

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