La salud mental hoy

Javier Quintano Ibarrondo

Publicado el 12/01/2024 a las 07:50

La vida es difícil, muy difícil, advertía Arthur Adamov, y Juan ha sentido esa competitividad instalada en nuestra sociedad desde la escuela, ha sentido esa productividad exigente de las multinacionales, a veces figuras en el tablero de la globalización a veces peones, ha sentido una universidad deficitaria de humanismo, ha sentido la difícil conciliación de la vida laboral y familiar de sus padres. Y ha sentido aceleración a su alrededor, prisas para todo. Prisas para llegar a acceder a un alquiler que no exija dos nóminas de funcionarios, prisas para poder alistarse en el maratón del éxito profesional y en otras carreras preparadas para el enriquecimiento rápido.

No sé si Juan tuvo un subidón tras la alegre fiesta, o un desengaño amoroso en el primer ensueño. No sé si un estrés laboral exagerado, o un horario laboral sin fin para su bravo ejército de cuellos blancos. Quizá un incierto vacío existencial, una soledad insoportable, o una brusca reacción anímica ante el fallecimiento inesperado de un amigo. Cualquiera que fuese el caso, algo le empujó a Juan a distanciarse. Solo tenía una mochila vacía de advertencias. Solo tenía veinte y muy pocos años cuando fue a buscar algún lugar como el que bordeó Ulises atado al mástil de su nave, ese lugar donde dicen que surgen los cantos de sirenas. Y allí empezó a medrar su otro yo escondido, el borrón al cumplido retrato familiar, el viaje fuera de las normas, esa mirada que hay que disimular. Juan le llamaba paz a este encuentro. Paz que fue noria, atracción de feria, o sea, un cielo abierto al alcance de la mano. Pero aquí abajo la vida sigue siendo difícil, muy difícil, así Adamov nos cuenta. Y ella empezó a ser su otro yo que asiente que libertad y placer están al otro lado y que por fuerza hay que cruzar un puente. Ella comenzó a mandar en Juan, sin decir nada.

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