Hablar de la muerte
Publicado el 01/08/2023 a las 07:12
“Poca gente habla de la muerte. Debiéramos normalizar nuestra futura muerte en paz”. Coincido con esas palabras de Loli Cayuela Pascual, contenidas en su Carta a DN el 29 de julio “La muerte da tranquilidad”.
En la sociedad actual, para muchas personas la muerte es un tabú. Ni siquiera se nombra la palabra “muerte”, para evadir esa realidad. Como el avestruz, metemos la cabeza debajo del ala. Nos auto engañamos con la ficción de que lo que no se ve no existe. Vivimos como si la muerte no existiera. Recordar con frecuencia que vamos a morir y, además, en cualquier edad y momento, transforma de modo radical la forma en que vivimos. Y nos invita a estar preparados para irnos. Hablar sobre la muerte aligera la angustia, porque al compartir se alivia la carga.
La muerte es algo natural, forma parte de la vida. Hablar de ella incita a buscar el significado de la existencia. Séneca escribió que “se precisa toda la vida para aprender a vivir; y, lo que es más extraño todavía, se necesita toda la vida para aprender a morir”.
La autora de la carta, con muy buena intención, propone una fórmula para que “cuando nos vayamos, los hijos no se sientan mal: ya nos toca descansar. Si hay algo más será estupendo, y si no hay, pues no hay”. Dado que se declara creyente, le sugiero un motivo más para una muerte con tranquilidad: la grande y gozosa verdad de la fe cristiana es que el hombre puede superar la muerte abriéndose a la visión perpetua de Dios. La vida no termina aquí; el sacrificio escondido y la entrega generosa tienen un sentido y un premio que, por la misericordia de Dios, va más allá de lo que el hombre podría esperar con las propias fuerzas. En el Catecismo de la Iglesia Católica se dice que “el cristiano que une su propia muerte a la de Jesús ve la muerte como una ida hacia El y la entrada en la vida eterna” (1020).
La fe en la resurrección y la vida eterna no suprimen el dolor de la separación, pero abren la puerta a la esperanza del reencuentro en la casa del Padre. Allí ya no habrá enfermedades, ni dolores, sino sólo la felicidad de vivir para siempre en el amor de Dios. El cielo es la vida definitiva junto a Dios, para siempre, para toda la eternidad. Al cielo llega la persona que muere en gracia y amistad con Dios.