Réquiem por un olivar

Jesús Mari Osés Zurbano

Publicado el 23/07/2022 a las 08:21

Quizás no se haga realidad y tenga que tragarme mis palabras, pero a día de hoy creo que casi 400 olivos van a ser pasto de la ignominia, la desidia y la sinrazón en un paraje medioambiental singular de nuestra tierra navarra. Y desearía que no se produjera tal circunstancia porque ese pequeño tesoro alberga, entre otros dones, media docena de árboles que, juntos, son testigos de, podríamos decir sin miedo a equivocarnos, miles de años.

No corren buenos tiempos para preservar el medio ambiente; ni para protegerlo, que en definitiva es protegernos a nosotros mismos. Por eso auguro poco éxito a mi protesta. Como hijo de agricultor al que le ha tocado durante muchos años ayudar a la familia en tareas agrícolas, tuve el gozo de coger los frutos de este olivar, que, si nadie lo remedia, se convertirá en un campo de cereal, seguramente cubierto de herbicidas y abonos. Y así se escribe la historia. Mi padre heredó y cultivó estos árboles y plantó a su lado otros que hoy son parte de este paisaje verde oliva que adorna la entrada al pueblo. Una labor de sostenimiento, de respeto a la naturaleza para recoger los frutos más preciados y convertirlos en un aceite de oliva extraordinario, orgullo de nuestra tierra. Espero que los legisladores y los que toman las decisiones en Bruselas impidan estos desmanes, que protejan legalmente cultivos y, en definitiva, preserven los parajes que han sido y son, hasta ahora por lo menos, parte y sustento de nuestra existencia.

Si eso no es así, me rebelaré pacíficamente contra aquellos que, individual o colectivamente, consientan estas tropelías. Aunque me temo lo peor. Se suele decir que no se ama lo que no se conoce. Gran verdad. Y podríamos declamar con el poeta Miguel Hernández aquellos versos a los que puso música Paco Ibáñez hace cincuenta años: “Andaluces de Jaén… decidme en el alma quién levantó estos olivos. No los levantó la nada, ni el dinero, ni el señor, sino la tierra callada, el trabajo y el sudor. Unidos al agua pura y a los planetas unidos, los tres dieron la hermosura de los troncos retorcidos”. Sirvan estos bellos versos como requiem por un olivar.

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