Cien años de Asun

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Asun López Oséscedida
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Marta Crespo

Publicado el 17/08/2026 a las 07:29

El sábado 15 de agosto, María Asunción López Osés —Asun para todo el pueblo— cumplió cien años. Nació en Aguilar de Codés (Navarra), hija de Máximo y Paula, y allí vivió hasta los 21 años. Tras casarse con Esteban, natural de Azuelo, se trasladó a esta localidad, donde ha transcurrido el resto de su vida.

De niña, los domingos por la tarde jugaba en la calle con las vecinas: a la comba, al barquero, a las tabas o a los alfileres, sentadas en las aceras del pueblo. Con retales confeccionaba muñecas de trapo y les cosía la ropa a mano. Aprendió de memoria poesías, oraciones y cantares que todavía hoy recita palabra por palabra. También atesorba decenas de refranes que había ido recopilando en sus cuadernos a lo largo de los años.

A los 21 años marchó a Madrid para trabajar al servicio de una familia de Aguilar que había residido durante dos décadas en Bolivia. Allí pasó dos años aprendiendo a cocinar y a llevar una casa, una experiencia que siempre recordaba con mucho cariño. Después regresó a Navarra y ya nunca volvió a marcharse.

Fue en Aguilar donde conoció a Esteban, en los bailes del pueblo. Se casaron el 8 de septiembre de 1949, día de la Virgen de Codés. Ella vistió de negro, llevó un ramo de flores artificiales y recibió trece duros de plata como arras. De aquel matrimonio nacieron sus cuatro hijos: Teresa, Francisco, María Jesús y Ricardo.

Juntos regentaron durante veinte años un bar en Azuelo. Mientras Esteban atendía el negocio, Asun cocinaba callos y otras meriendas para vecinos y visitantes, especialmente los fines de semana. Compartieron casi sesenta años de matrimonio, hasta el fallecimiento de Esteban en 2009, pocos meses antes de celebrar sus bodas de diamante.

Asun también vivió de cerca los años de la Guerra Civil en Aguilar de Codés. Recordaba el racionamiento, el miedo y a los vecinos que nunca regresaron. Hablaba de aquellos tiempos con la misma claridad con la que rememoraba las canciones de su infancia. Entre sus recuerdos más especiales estaba también la historia de Teodosio, un hermano de leche criado en su casa desde niño, que se marchó a Barcelona con el afán de convertirse en actor y falleció allí siendo todavía muy joven, antes de terminar la guerra.

A punto de cumplir cien años, conservaba una memoria excepcional y una lucidez asombrosa. Daba sus paseos diarios por casa, escribía en sus cuadernos, coloreaba mandalas y siguía evocando con detalle y cariño la vida que había construido a lo largo de todo este tiempo. Cuatro hijos, ocho nietos y cuatro biznietos celebraban estos días junto a ella un siglo de recuerdos, esfuerzo, trabajo y amor por los suyos.

Hasta hace muy poco disfrutaba leyendo novelas, encontrando en los libros una ventana abierta al mundo. A menudo pensamos que, si de joven hubiera tenido la oportunidad de seguir estudiando, quizá habría desarrollado aún más unas cualidades intelectuales ya de por sí extraordinarias. Su inteligencia, su capacidad de reflexión y su sensibilidad había estado siempre presentes en todo lo que hacía y decía.

Quienes hemos tenido la suerte de crecer a su lado guardamos también nuestros propios recuerdos. A mi abuela la recuerdo recitando poesías de memoria, contestándonos con refranes, tarareando canciones mientras nos hacía rosquillas o enseñándonos a elaborar chorizos, patés y a secar patas de jamón. La recuerdo enseñándome las pocas fotografías que conservaba de su infancia, remangándose la falda para trabajar en la huerta y cuidando con infinita dulzura sus plantas.

Nuestra abuela representaba la calma en un mundo lleno de prisas. Era una mujer discreta, tranquila y profundamente respetuosa. En todos estos años jamás la hemos visto perder los nervios ni levantar la voz; ha afrontado cada situación, incluso las más adversas, con una serenidad y una templanza admirables.

Asun con su último biznieto, Oihan. 99 años y 15 días de vida de diferencia.
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Asun con su último biznieto, Oihan. 99 años y 15 días de vida de diferencia.
Asun con su último biznieto, Oihan. 99 años y 15 días de vida de diferencia.

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Tenía además el raro don de ver lo mejor de cada persona. Nunca juzgaba con dureza, sino que buscaba comprender, valorar las virtudes ajenas y mostrar respeto sin reparar en las diferencias. Para su familia ha sido un ejemplo de equilibrio, bondad y sabiduría serena; una mujer que ha enseñado mucho más con su manera de ser que con cualquier discurso.

Y aquello que tanto había deseado, cumplir cien años rodeada de toda su familia, viendo sonreír a sus bisnietos y dando gracias por la vida que había tenido, pareció bastarle. Un día después se apagó lentamente en su casa de Azuelo, rodeada de 3 generaciones, serena y discreta, fiel a como había sido siempre.

Abuela gracias por estos cien años de vida.

Marta Crespo, nieta de la fallecida.

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