La historia de Putin

Pedro Miguel Ansó Esarte

Publicado el 24/04/2022 a las 08:32

Comencé hace unos meses a leer algunas obras del francés Emmanuel Carrère (París, 1957) con la novela El Reino. En ella el escritor ajusta cuentas con sus “neuras” personales y hace una curiosa indagación sobre los primeros años del cristianismo que deja claro el hiato entre el Jesús histórico y el Cristo de la fe pospascual. Animado por su lectura, abordé una segunda obra: Yoga. No se trata de un método de yoga, sino que, con un cariz más autobiográfico que la novela anterior, nos expone sus crisis mentales al mismo tiempo que hace un conjunto de reflexiones sobre las zonas abisales del ser humano. Cuando comenzó la invasión de Ucrania me encontré iniciando la lectura de Limónov, alias de Eduard Veniamínovich, un aventurero ucraniano que comenzó siendo un disidente y terminó teniendo una experiencia mística. Al hilo de las aventuras de este complejo, contradictorio y estrafalario personaje, que fue a lo largo de su vida delincuente, disidente, mayordomo, poeta, presidiario…, se nos traza un fresco sobre los últimos cincuenta años de Rusia. En conjunto la obra me ha gustado menos que las anteriores (los gustos son muy subjetivos), pero en el Epílogo me han llamado poderosamente la atención unas líneas que retratan el carácter y las acciones de Vladímir Vladímirovich Putin, el personajillo (por decir de él algo suave) que nos ha llevado a la peor crisis después de la Segunda Guerra Mundial. Toda una etopeya de la que deseo compartir unas líneas con el lector: “Nació diez años más tarde en el mismo tipo de familia: padre suboficial, madre ama de casa, un montón de gente hacinada en una habitación de kommunalka. Niño enclenque y arisco, Putin creció en un entorno de culto a la patria, a la Gran Guerra Patriótica, al KGB y al miedo que inspira a los cojones blandos de Occidente. De adolescente fue, según sus palabras, un pequeño maleante. Lo que le impidió convertirse en un golfo fue el judo, al que se entregó con tal intensidad que sus camaradas se acuerdan de los chillidos feroces que salían del gimnasio donde se entrenaba solo los domingos. Ingresó en los órganos por romanticismo, porque en ellos había hombres de élite que defendían a su patria, y se sentía orgulloso de que le hubieran aceptado. Desconfió de la perestroika, aborreció que unos masoquistas o agentes de la CIA se rasgaran las vestiduras por el gulag y los crímenes de Stalin, y no solo vivió el fin del imperio como la catástrofe más grande del siglo XX, sino que todavía hoy lo afirma sin rodeos. En el caos de los primeros años noventa estaba en el bando de los perdedores, los engañados, y se vio obligado a conducir un taxi. Llegado al poder, le gusta, como a Eduard, que le fotografíen con el torso desnudo, musculoso, en pantalón de faena, con un puñal de comando en el cinto. Al igual que Eduard, es frío y astuto, sabe que el hombre es un lobo para el hombre, solo cree en el derecho del más fuerte, en el relativismo absoluto de los valores, y prefiere inspirar miedo que sentirlo. Como Eduard, desprecia a los lloricas que consideran sagrada la vida humana”. Y aquí llega la sorpresa: el libro Limónov fue publicado en París en el año 2011. Ahora saque el lector inteligente sus propias conclusiones.

Pedro Miguel Ansó Esarte, exprofesor de Humanidades.

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