Dos hombres
Publicado el 23/03/2022 a las 08:04
Que la guerra es el paradigma de la estupidez humana, lo sabe cualquiera pero Vladimir no es cualquiera, como tampoco lo era Hitler. ¿Un cable cruzado, una megalomanía incontrolable, secretos oscuros e inconfesables de una mente retorcida y acomplejada? ¿Qué hace que estas personas -por llamarlos de alguna manera- personifiquen en un único ser a los cuatro jinetes del apocalipsis? ¿Que es lo que mantiene encendido en sus cabezas ese afán de ambición y poder que conlleva muerte y destrucción, horror y desolación? Personajes como éstos nos hacen reflexionar en la condición humana llevada a sus extremos. Dignos del sillón de Freud, me pregunto si Vladimir en el fondo de su alma - suponiendo que la tenga- se creerá sus propias mentiras. Me cuestiono que cuántos soviéticos de los que recientemente llenaron el megaestadio ruso para arropar a su supuesto líder estaban de acuerdo con él. Y me pregunto, en fin, si alguien que es capaz de bombardear una maternidad tomará valium por las noches para poder dormir. Vladimir pasará a la historia, sin ninguna duda, a la siniestra crónica de la Rusia imperial, a la historia de Iván el terrible o del aterrador Stalin, a esa lista negra de matones de clase, que llegado el poder a sus manos lo emplearon en sembrar de cadáveres cuanto tocaban. Pero a diferencia de sus “ilustres antecesores” en la macabra lista, a Vladimir no se le perdona - entre otras muchas cosas - por el momento en el que le ha tocado vivir, porque en el siglo veintiuno el progreso alcanzado por la humanidad es de tal magnitud que ya esos métodos arcaicos o “acciones especiales” como los llama él, no tienen cabida en el planeta azul, por eso y todo lo que conlleva de muerte, sufrimiento y destrucción, el mundo lo condena. Y como Vladimir no tiene un pelo de tonto y lo sabe me pregunto, ¿qué siente uno cuando tiene que soportar la condena mundial sobre sus espaldas? El otro hombre de la historia -blanco y negro de la existencia misma- se llama Vicente y se apellida Ferrer. En no sé qué plataforma ví la obra que este hombre llevó a cabo en la India, creando de la nada la ciudad de Anantapur. Empezó como jesuíta hasta que seguramente entendió que el Reino de Dios en la tierra hay que construirlo día a día y que la frase “porque tuve hambre y me diste de comer” en aquellas tierras se refería literalmente a quienes le rodeaban. Creó vida donde no la había, llevó dignidad a los intocables y sentido a sus vidas, construyó alegres casitas poniendo en sus dinteles el nombre de las mujeres que las habitaban para que pasase lo que pasase, esas mujeres siempre tuviesen un hogar, concedió minicréditos para que ellas pudiesen comprar una vaca o una búfala cuya leche les permitiría salir adelante, creó hospitales y colegios, pozos de agua en el secarral de Anantapur, escuelas para ciegos, trabajo para sordos. En definitiva una vida dedicada a erradicar la pobreza. Toda su existencia fue un ayudar al que no sabe, al que no tiene, al excluído, a las ninguneadas mujeres; a los últimos.
Dos hombres (y un destino) además de la película de George Roy Hill, es la dicotomía con patas de lo que pueden ser las vidas de dos seres antagónicamente humanos. Barbarie imperdonable o civilización en grado superlativo. Condena mundial o admiración sin límites, para apenas dos hombres fisiológicamente iguales (sólo fisiológicamente). Y si me fuese permitido soñar me preguntaría, ¿qué podría hacerse hoy en la India si a Vladimir, siguiendo el camino trazado por Vicente, le diera por invertir todos los millones que le cuesta la guerra en mejorar las condiciones de vida del país más pobre de la tierra?
Carmen Olorón Goñi