Enemigo a las puertas

Javier M. Elizondo Osés

Publicado el 22/03/2022 a las 07:55

Pongo el título de una famosa película, ambientada en la segunda guerra mundial, donde se pueden ver los efectos devastadores sobre una ciudad asediada (Stalingrado), reducida a escombros, donde tras las impactantes imágenes iniciales (donde resalta -para mí- el concepto de “carne de cañón”, aplicado a los innumerables “héroes a la fuerza”, que son enviados a la línea de combate, sin medios -y asediados por comisarios implacables, de gatillo fácil, ante cualquier titubeo del aspirante a cubrir, con su sangre y anonimato, la fría nieve de la desolación), se desarrolla la entente de la supervivencia a través de la resistencia ante una invasión.

Supervivencia de seres humanos envueltos en la vorágine (hambre, frío, barro, sangre y muerte) creada por psicópatas, de todo signo y color, protegidos en sus búnkeres por “pretorianos adictos”, adonde no les llegarán esas calamidades y, la “realidad”, les será mostrada de forma tergiversada, envuelta en el aroma del heroísmo, de las “victorias” lastradas por infinidad de muertos (que no les conmoverán en absoluto) y la exaltación de sus fundamentalismos. Cómodos y alejados del rechinar de dientes producido por los silbidos de las bombas que nunca sabrán (los “indigentes” de las guerras) dónde caerán, hasta que escuchen (o no…) la detonación que lleva a más escombros y muerte.

Orugas de hierro aplastando, a su paso, la límpida nieve, convertida en una mezcolanza negruzca de aceite, gasolina, escombros… y restos de cuerpos humanos. Nieve que nunca formará parte del sueño del pequeño ser, de construir su muñeco. Menos, con la zanahoria por nariz, pues el hambre hace impensable semejante dispendio. Ni la escoba, o cualquier producto, que pueda servir para calentar, un mínimo tiempo, sus cuerpos ateridos. Ni el sombrero, que le puede proteger, algo, de las inclemencias que rodean a su devastado ánimo. Quizás sí, los botones desgajados de los uniformes, o ropa civil, de cuerpos desmembrados, que pueda insertar en ese cuerpo de nieve angustiada, para crear el efecto de galones en honor de la estupidez maldita. Somos seres humanos, y está claro que en nuestro ADN están encastrados, a sangre y fuego, los terribles caballos del Apocalipsis. Desde que la primera pareja de ellos pisó este mundo nuestro, las hostilidades (y las víctimas propiciatorias) han sido permanentes, siempre con el telón de fondo de la ambición (de cualquier tipo… incluso de registrar sus nombres en la Historia, aunque para ello hayan tenido que sembrar los campos de sangres inocentes, en lugar del cereal que reporte su bienestar). Ambición desarrollada a través de informaciones falsas (las “fake news” no es un concepto nuevo; siempre han sido la punta de lanza de los “subnormales paranoicos” de turno) que, manejadas con notable destreza y machaqueo, nos llevaron, llevan y llevarán, a que entremos como corderos en la masa desechable que necesitan para sus fines.

Pero, dentro de ese ADN, también está encastrado un gen de esperanza, que nos demuestran todas aquellas multitudes de personas que, en cualquier línea de combate anímico, se prestan sin pensarlo (en cualquiera de las medidas que pueden) a mostrar su empatía y tesón, para enfrentar la verdadera realidad y ayudar en cualquier posición. Aunque les cueste su propia vida. Ya sea por tierra, mar o aire. Pues las guerras nos rodean por todas partes y en el día a día, mientras vemos las noticias desde nuestros cómodos sofás, “comiendo palomitas”. Podemos ser (debemos ser) punta de lanza de la esperanza. Sólo hay que elegir si empezamos a cambiar (cultura humana real, sin paños calientes, desde la infancia, y en todas partes, así como apoyo al desarrollo de pueblos que, nuestra ambición de “mundo civilizado”, convirtió en avisperos) o seguimos viendo la tele… hasta oír el silbido precursor de nuestra propia desgracia.

Javier M. Elizondo Osés

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