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Grandes guerreras

  • Carmen Olorón Goñi
Publicado el 17/02/2022 a las 08:11
Veo en el Diario de ayer, 16 de febrero, el estupendo reportaje publicado con motivo de las I Jornadas de Cardiopatías organizadas por la Asociación “Pequeña Guerrera” de familias con hijos con estas patologías. Como además tuve la suerte de presenciar el pasado día 14 este primer encuentro en el Civivox y emocionarme hasta el tuétano con las historias que nos quisieron compartir sus heroínas, no he podido contener mi respeto y admiración por ellas, por esas grandes guerreras de la vida, en esa lucha sin cuartel porque sus hijos salgan adelante.
De todos es conocido lo que una madre, en condiciones “normales” es capaz de hacer por los hijos de sus entrañas, empezando por las molestias de los embarazos, continuando por la experiencia más o menos traumática del parto y, suma y sigue, después vendrá la falta de sueño, la preocupación porque el bebé no come lo suficiente o llora demasiado, ¿qué le dolerá? Y así la guardería, el cole, la adolescencia, la universidad, los novios, la boda... vas hipotecando tu vida, para siempre jamás. Pero a estas grandes guerreras se les añade el plus de la angustia -que sólo ellas conocen- ante la incertidumbre de si el pequeño corazoncito de sus niños va a ser capaz de ganarle a la muerte la partida en el ajedrez de la vida (como en el séptimo sello)-El drama de estas grandes guerreras comienza cuando el diagnóstico prenatal lanza su demoledor mensaje sobre ellas. Cuando con toda la ilusión del mundo vas a conocer el sexo de tu futuro hijo y te dan el hachazo de que algo no funciona como debería. Supongo que algo bloquea tu mente en esos momentos, algo que hace que la tierra se abra bajo tus pies y que cuando seas capaz de pensar te plantees “¿es esto compatible con la vida?”. Después, unas optan por no seguir adelante y otras -nuestras grandes guerreras- por armarse de valor y luchar hasta la extenuación por esa vida de las que ellas son las principales artífices.
Los relatos que compartimos impresionan lo indecible. La primera Ruth nos cuenta como su hijo Leo es operado con dieciséis días, después al mes y once días. Y más tarde en Boston, EE.UU. Hoy Leo es un niño feliz de siete años. Luego vendrá la historia de Eloy que nos cuenta su madre, Ana. A los dos meses, respiraba con dificultad al mamar “pensaba que había cogido el Covid”; a Urgencias, diagnóstico demoledor, de la UCI en ambulancia al Gregorio Marañón, dos paradas cardiorespiratorias y al final en lista de trasplantes pero, ¿dónde hay un corazón tan pequeño disponible? Tu hijo se muere y necesitas que otro hijo muera para que el tuyo se salve (¡qué angustia, Dios mío!). Pero los milagros existen y a los dos días el niño recibió su nuevo corazón. Hoy Eloy tiene casi dos años y “es un bicho que no para quieto”. El Ángel de la Guarda que facilitó el traspalante se llama J.M. Gil Jaurena, cirujano navarro de Elizondo, hombre humilde y profesional como la copa de un pino, de esos pocos hombres ilustres que se dan por estas tierras y, al menos para mí, Medalla de Oro en todas las categorías. La última historia, más dura si cabe, vendría de la mano de Jaione, con evidentes dificultades para caminar, y que acompañada siempre de su madre compartió la odisea que significó para ella traer a su hijo Íñigo a este mundo cruel. Diagnóstico en la semana veintitrés del embarazo, traslado a Bilbao en helicóptero para dar a luz allí y, a continuación, operar al bebé. En Cruces parece que no están preparados para un tema tan complejo y debe continuar viaje a Madrid - el helicóptero no dispone de combustible- y siguen la ruta en un avión adaptado. La llegada a Madrid coincide con un puente festivo y debe esperar al regreso del personal. Por fin Íñigo viene a este mundo, eso sí, sin la arteria aorta. Imprescindible un trasplante. Lo de siempre, ¿dónde encontrar un corazón de su tamaño? Otro milagro generoso de unos padres que han perdido a su bebé, un poco mayor que Íñigo. Pero el corazón es compatible. Adelante, otra vez el Ángel de la Guarda -Gil Jaurena- volverá a salvar la vida de otro niño navarro. Ahora Íñigo tiene seis años. “Es un niño especial, un héroe”, dice su madre. Yo pienso que la heroína, la Gran Guerrera, es ella. 
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