Menores mal acompañados en Pamplona


Arturo Lecumberri Martínez

Publicado el 02/02/2022 a las 07:30

Se suceden en la prensa local noticias en referencia a la conducta de nuestros menores. Robos, palizas o comas etílicos salpican los medios con cierta frecuencia desde hace ya algún tiempo. La exageración y el sensacionalismo han hecho que incluso a nivel nacional se oigan voces refiriéndose a partes de nuestra ciudad como una suerte de salvaje oeste en el que la violencia y el delito campan libremente.

Más allá de exageraciones de naturaleza tan exagerada como efímera, creo que la realidad hace que sea un buen momento para reflexionar acerca de las circunstancias comunes que pueden estar viviendo a día de hoy nuestros adolescentes y jóvenes adultos y que les pueden estar colocando en el disparadero de estas conductas.

Ni mucho menos quiero que estas líneas sirvan de justificación para comportamientos que se sitúan fuera de la ley y que deben traer consecuencias acordes a su gravedad, pero sí me parece que el aumento de los mismos en la población menor de edad es síntoma suficiente para tratar de entender algunas cosas. Los chicos y chicas que hoy tienen 18 años o menos, han nacido de 2004 en adelante. La red social Facebook fue fundada en 2004, Twitter en 2006 e Instagram en 2010. Para sus 6 años, los y las más mayores del grupo ya contaban en su día a día con un bombardeo informativo sin precedentes con el que han atravesado toda su etapa adolescente. Seguramente un porcentaje de ellos y ellas, ha tenido padres y madres que hasta la edad que han considerado prudente no les han permitido el acceso a ninguna ventana tecnológica, pero me temo que en su gran mayoría y dado que los adultos también estamos en este “mass media” diario, han accedido de manera frecuente y en muchos casos excesiva a todo este contenido.

Tengamos en cuenta que todo el tiempo invertido en mirar las pantallas es tiempo que nuestros adolescentes no han empleado en mirar otro rostro humano, en interactuar en vivo y en directo con alguien que tienen enfrente. Por tanto podemos decir que su sistema de interacción social, el que les permite interpretar las señales para socializar, se encuentra sustancialmente desentrenado. Perder información de este tipo, hace que no se tenga la misma habilidad para percibir las emociones e intenciones en el otro, por tanto que el intercambio social sea más incierto o lo que es sinónimo para el ser humano, más amenazante.

Aparte de lo mencionado, estas “ventanas tecnológicas al infinito” nos ofrecen millones de recompensas inmediatas en forma de fotografías, música, likes … y un largo etcétera a golpe de un click, lo que hace que, de nuevo, surja una falta clara de entrenamiento, esta vez en tolerancia a la frustración o lo que es lo mismo en la habilidad de postergar recompensas. Sedientos de inmediatez nuestros menores son mucho más reactivos y vulnerables en el mundo en el que les ha tocado vivir.

Por último creo que es de relevancia hacer una referencia al mundo adulto, que es donde los jóvenes se miran para encontrar referencias de comportamiento futuro. Líderes políticos, programas televisivos y medios de información les regalan un panorama futuro repleto de crispación, falta de moderación, sensacionalismo y violencia que es el espejo en el que se van a ver sus versiones adultas en un tiempo. Como he dicho anteriormente, no quiero en ningún caso justificar comportamientos que deben ser sancionados y corregidos lo antes posible pero si me gustaría abrir la puerta a la reflexión por parte del mundo adulto de cómo estamos acompañando a nuestros y nuestras menores ante estos retos que no son menores.

Arturo Lecumberri Martínez, psicólogo y exconcejal de Juventud del Ayuntamiento de Pamplona.

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