Navidad, amor universal

Carmen Olorón Goñi

Publicado el 24/12/2021 a las 08:10

Ya estamos en Navidad, ¡un año más! Fiesta entrañable por excelencia y motivo de reuniones familiares donde las haya. Todo se paraliza dando una tregua a la rutina anual. El consumismo se adueña de la calle y de los hogares, con el pretexto de exteriorizar como sabemos y podemos los sentimientos más escondidos de nuestro pobre corazón. Pero entre tanta parafernalia también hay lugar para la reflexión, para preguntarnos a nosotros mismos sobre el sentido profundo de esta fiesta inigualable que llamamos Navidad. Porque Navidad, se mire como se mire, es amor, y quien más quien menos, con una ideología, con otra, o con ninguna, se encaminará hacia la familia, verdadera fuente del amor. Pero en mi reflexión, me planteo que amar a los nuestros es fácil, más, que quizás el verdadero amor es otro, más extensivo, más inclusivo, más desconocido.

Y me da por pensar en la ausencia de amor en el mundo. Y mi pensamiento vuela a la frontera polaca, donde miles de personas permanecen atrapadas en fríos barracones en un intento de escapar de la guerra y de la miseria, de la violencia y del hambre, buscando algo mejor que ofrecer a sus hijos en un futuro tan oscuro como incierto. Pero los corazones, cerrados como las fronteras que el hombre ha creado, los reciben con alambradas y concertinas. Y muchos volverán hundidos en la miseria a sus países de origen, con el marchamo del fracaso y el desencanto grabado en su alma... a celebrar la Navidad. O lo que sea.

Y sigo pensando en los últimos setenta y cinco ahogados frente a las costas de Libia, o en los veintisiete del Canal de la Mancha. Demasiadas historias diferentes con un trágico final que las iguala. ¿Quiénes eran? ¿De dónde venían y a dónde iban? ¿Qué sueños les empujaron hacia el mar asesino? Seguro que desconocían el concepto “estado de bienestar” y lo que ello implica. Supongo que también ignorarían el significado del vocablo Navidad. En cualquier caso, ya da lo mismo. Y nosotros, ¿cuánto tiempo dedicamos a su recuerdo más allá de la noticia? Y ya el descenso a los infiernos tiene un nombre. Nepal. Allí se da el secuestro de miles de niñas cada año, que son vendidas a los burdeles de la India. Criaturas de siete años, muñecas rotas de la vida, con las que diariamente treinta desalmados (o sea, sin alma) satisfacen sus más bajos instintos con tan exigua “mercancía”. ¿Es posible imaginar algo así sin que se nos rompa el corazón? Pero estamos en Navidad y seguramente hoy tendría que escribir de otra manera, obviando temas tan escabrosos, porque en Navidad sentimos la necesidad de ser felices, la imperiosa obligación de ser dichosos. Hay que estar alegres por real decreto o porque lo manda el calendario, aunque el mundo no sea de color rosa. Tal vez sea el momento de apreciar el vaso medio lleno que la vida nos ofrece. De todas maneras, con nuestras incoherencias a cuestas, el abeto a mis espaldas, los turrones en su sitio, todos los de casa alrededor de la mesa ¡hala, “fuga mundi” que es Navidad! Cantemos “noche de paz, noche de amor” aunque se nos haga un nudo en el alma por el desamor reinante en nuestro planeta azul. Enfrente de mí, cómplice de mis reflexiones, un gran niño de escayola me mira y yo le miro, mientras le digo bajito que ya hablaremos estos días. De momento para comenzar la Navidad, rodilla en tierra, pienso preguntarle, ¿eres Tú el Amor?

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