Hermana muerte
Publicado el 31/10/2021 a las 08:53
Hay que ver el rechazo que nos produce la mismísima palabra “muerte”. Y es que quizás estemos hechos para la vida y eso de que ésta se acabe, nos produce escalofríos. Por eso hemos disfrazado la cuestión del morirse, quizás riéndonos de ello como en Halloween, o tal vez con un cambio de léxico dulcificando la dureza del mismo, y ahora decimos que el difunto “pasó a mejor vida” o que “emprendió su último viaje” o de manera más informal que “se fue al otro barrio” o simplemente que “la palmó”. Es igual como llamemos a este inexorable final de nuestras vidas. Está ahí, nos espera a la vuelta de la esquina y como dicen -creo que son los cartujos- “¡muerte tenemos; ya lo sabemos!”. El poverello de Asis en su humildad y sabiduría la llamaba hermana muerte.
En estos días de difuntos, flores y cementerios, algo se nos remueve por dentro pensando con tristeza en quienes nos precedieron y en la brevedad de esto que llamamos vida. Recientes conversaciones sobre estos temas me hicieron reflexionar sobre cómo el debate sobre la muerte ha desaparecido en todo tipo de tertulias, siendo un tema tabú. ¿Será que le tenemos miedo? ¿Será que es desagradable mentar la soga en casa del ahorcado? ¿Qué será, será?
Quizás es que en nuestra sociedad del bienestar, saturada de consumismo y redes sociales, escondemos la muerte tan dolorosa y triste como ineludible, no terminando de aceptar que forme parte de la vida. Por otro lado, en nuestro proyecto vital nunca contamos con ella ni le dedicamos el mínimo espacio, pero ella -hermana o hermanastra- se hace presente, a veces sin avisar y en el momento más inoportuno, recordándonos que por mucho que queramos ignorarla, nos viene pisando los talones. Indudablemente que como principio de salud mental es mejor olvidarnos de ella y si es posible disfrutar a tope; “día que pasa no vuelve”; “comamos y bebamos que mañana moriremos”, etc. Quizás sea una manera de hacer el avestruz. Quizás. Pero, ¡qué demonios! Ya lloraremos cuando llegue el momento (¡que llegará!) pero mientras tanto, ¡vivamos lo mejor que podamos! Escondiendo en el baúl de los recuerdos el inexorable final que nos aguarda. Y cuando llegue, como dice el dicho, “¡que me quiten lo bailado!”.
Luego está la cuestión del más allá o vida en otra dimensión. Vidrioso tema donde los haya porque aquí, entre otras cosas, entran las creencias y las increencias, lo conseguido y lo que se dejó en las cunetas de la vida. Entra también la familia o el dinero. Pesa la mochila de la existencia a la hora de abandonarla. Quien no cree en la otra vida - salvo elegantes o humanistas excepciones- intentará por todos los medios agarrarse al hedonismo y alargarlo hasta donde el cuerpo aguante y al final, perdida la batalla de la vida, ¡quién sabe la aceptación o desesperación del momento! Por su parte, quien hizo lectura creyente de la existencia, está más o menos convencido de que nos enviaron aquí como si esto fuese un banco de pruebas, donde tienes que llevar a cabo una misión determinada, unas veces fácil y sencilla, otras más difícil y complicada, pero siempre sabiendo que nuestro cuerpo es el envoltorio de ese espíritu que seguirá adelante cuando el envoltorio caduco y estropeado diga “basta”. Lo que viene después pertenece a los misterios insondables para el ser humano, pero la fe, la espiritualidad, la gracia divina o todo junto nos hacen confiar en que esto no acaba. Entre otras cosas, porque no tendría lógica (¿se puede imaginar siquiera un cosmos creado sin lógica?). Miramos pues hacia arriba buscando respuestas, el infinito o la eternidad, ¿por qué? ¿De dónde venimos que tenemos este hambre de Absoluto? Quien lo tenga, claro.
Creo que, cuando se ha vendido todo el pescado, viene bien un poco-bastante de humildad, hayas sido un mindundi o hayas alcanzado el prestigio que fabricaron nuestros sueños de juventud. Creo que hay dos palabras, confiar y abandonarse, que pueden ser muy buenas compañeras en este último viaje de la vida. Y, mientras tanto, seguir adelante en paz con uno mismo y con el mundo, sin olvidarnos nunca de a quién pertenecemos, por aquello de que “en la vida y en la muerte somos del Señor” (Rom. 14.8).