Final de agosto
Publicado el 27/08/2021 a las 08:14
Llega el final de agosto y de las vacaciones para muchos de nosotros. Los días se van acortando, las sombras alargando en los atardeceres, y las primeras hojas de los árboles van cayendo. Queda poco para que empiece septiembre y que, con él, llegue el otoño. La naturaleza, entonces, volverá a dormir en espera de tiempos mejores.
Estas tardes de finales de agosto, con el sol convertido en una bola de fuego, tardes de despedida, tienen una extraña melancolía. Atrás quedan las mañanas de julio, brillantes, con el sol centelleando en el agua, las sobremesas de calor soporífero y siestas, las bochornosas tardes de piscina, playa y helados, y las noches ardientes de orquesta y bailes. Atrás queda el verano y tan sólo nos queda su recuerdo.
Si algo nos ha dejado esta pandemia es la certidumbre de nuestra finitud, de nuestra vulnerabilidad, y de que debemos disfrutar, aprovechar el tiempo del que disponemos, el que el destino y la suerte nos tiene asignados. Por eso, el final de este verano de 2021, nuestro segundo año de pandemia, se me hace tan profundamente melancólico, porque sé que se han agotado las posibilidades de disfrutarlo, de aprovecharlo.
Es la estación que se acaba una época para guardar recuerdos que, como fotos que luego veremos durante todo en invierno, nos ayuden a pasar las largas y oscuras tardes, los duros momentos que la pandemia nos tiene todavía guardados. Por eso, ahora, me pregunto si habré aprovechado al máximo el verano, si habré hecho lo que está en mis manos, y más, para llenarme de recuerdos y a los que están a mi alrededor.
Los recuerdos son parte esencial de nuestra personalidad, son las marcas que dejan las experiencias en el cerebro y que van a determinar nuestras pautas de comportamiento en el futuro. Una persona es más plena cuantas más experiencias tiene y, por tanto, más cantidad de recuerdos atesora. Los malos recuerdos duelen y, aunque nos gustaría evitarlos, los tenemos guardados como señal de advertencia. Los buenos reconfortan y animan a volver a vivirlos en un futuro. Ambos son necesarios y construyen nuestro yo. Los recuerdos de este verano ya han pasado a formar parte de nuestro interior, nos harán daño o reconfortarán, pero ya son nuestros.
Atardece, el sol se pone estirando las sombras, del campo ya llega un temprano aroma a uva madura. La melancolía se extiende y alcanza su cenit al esconderse el sol entre las montañas. El tiempo parece detenerse, pero es tan solo una impresión. Finalmente, el sol se pone y llega la noche. Este atardecer, como el verano, ya es un recuerdo en mi interior.
Alberto Navajas León Profesor Contratado Doctor Departamento de Ciencias Universidad Pública de Navar ra.