Deja abierta la puerta de tu piso (II)

Ángel Sáez García|

Publicado el 23/06/2021 a las 09:15

(Sigue.) “Durante la hora escasa que duró mi caminata ligera, no dejé de pensar en el felino pelirrojo. Llegué a imaginar que me despertaba de madrugada, veía sus ojos amenazadores brillando en la oscuridad y sentía en el pecho la fuerte (o)presión que dicen que padecen quienes sufren un infarto de miocardio. Ergo, cuando regresé a casa, tras quitarme el chándal, asearme y ponerme el pijama, hice lo previsto, la oportuna y concienzuda inspección ocular, habitación por habitación. No hubo rincón que pasara por alto. Miré y remiré (con sumo cuidado) debajo de las camas. Hasta que llegué al aposento del fondo, el más pequeño de la casa, y allí, oh, sorpresa, en una esquina, entre la pared y el mueble que encierra o guarda una cama turca, hallé al minino, aún más agazapado de lo que una hora larga antes estuvo en la cocina. “Como la experiencia es un grado, fui al escobero, me hice con la herramienta que me había resultado útil y procedí de igual modo. Lo incité y salió disparado, como un tiro. Para lograr mi propósito, que el gato se escapara, había dejado abierta, de par en par, la puerta de entrada/salida, claro. Desde el fondo del pasillo, escuché un ruido en la cocina, pero, cuando llegué, aquí, en la susodicha, tras escrutar bajo las sillas y escudriñar la recocina, no lo encontré. Fue al levantar la vista cuando, admírate, porque el hecho fue digno de asombro, comprobé que estaba sentado, tan tranquilo, allí, encima de la repisa, sobre el techo del armario de enfrente, entre las dos jarras centrales de cerveza (de las cuatro alemanas que obran, junto a cinco, más pequeñas, riojanas). Todavía me sigo maravillando del extraordinario salto que tuvo que dar para quedar allí. Seguramente (solo es una suposición), saltó primero sobre la encimera de la cocina y luego, desde aquí, se impulsó, como el félido que es, hasta su podio o trono. Al recordarlo, he identificado al gato anaranjado con Sansón, el bíblico juez de Israel, con las cuencas de sus ojos vacías, pero con los músculos llenos de su descomunal fuerza recobrada, haciendo temblar las dos columnas del templo a las que estaba encadenado y consiguiendo derribar, a la postre, el edificio, pereciendo él y tres mil filisteos. “Usé el mismo método o procedimiento, lo inquieté y el felino ejerció de tal, pero, en lugar de salir por la puerta del hall, volvió a su rincón preferido en la habitación mínima, la del minino. Aprendida la lección, cerré las puertas necesarias y dejé abiertas las imprescindibles para alcanzar mi pretensión, que, de manera airosa, coroné”. He aquí la moraleja del suceso: Deja abierta la puerta de tu piso y cierra las restantes, menos una, si quieres que a su hogar vuelva el intruso. Ángel Sáez García angelsaez.otramotro@gmail.com

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