Deja abierta la puerta de tu piso (I)
Actualizado el 24/06/2021 a las 08:15
DEJA ABIERTA LA PUERTA DE TU PISO AL GATO PELIRROJO DE UN VECINO “El novelista y ensayista checo ha ganado el Premio Franz Kafka. “1. Novela: la gran forma de la prosa en la que el autor, mediante egos experimentales (personajes), examina hasta el límite algunos de los grandes temas de la existencia (…)”. Daniel Gascón, en “Algunas palabras de Milan Kundera”, artículo publicado el sábado 5 de octubre de 2020, en la página 13 del diario EL PAÍS. El sábado pasado acudí a casa de mi amigo del alma y heterónimo Emilio González, “Metomentodo”, porque me había invitado a tomar café. Desgraciadamente, me dejé olvidada en casa, en el bolsillo derecho de la cazadora beige, la grabadora. No obstante, he hecho el máximo esfuerzo para rememorar con fidelidad cuanto él me contó (le he leído el texto que sigue por teléfono y me ha dado su beneplácito o nihil obstat para publicarlo así, tal cual está) que le había acaecido la víspera, que fue esto: “Ayer, inopinadamente, cuando había cogido la bolsa de la basura, que esta vez solo contenía un par de zapatos (si haces memoria, recordarás que, cuando nos encontramos en la biblioteca, nuestra segunda casa, te comenté que, por culpa del chaparrón o la tromba de agua que había caído mientras me dirigía hacia allí, se debiera a Álex, la ciclogénesis explosiva, o no, a pesar de portar paraguas, llevaba, además de los zapatos, los calcetines y los pies mojados), inservibles para días de excesiva lluvia; y me había colocado bien la mascarilla quirúrgica (porque, si no lo hago así, correctamente, se me empañan los cristales de las gafas), abrí la puerta del piso para salir y hacer la habitual y diaria hora de caminata rápida, itero, inesperadamente, se me coló en casa, de rondón, como el rayo, dándome un susto morrocotudo, el gato pelirrojo de un vecino, entró en la cocina y se quedó agazapado en esa esquina, debajo de la silla que hay bajo la tele. “Como el intruso hizo caso omiso de mis órdenes de que abandonara el escondrijo y se marchara, cogí una escoba y con el extremo del mango le aguijoneé y obligué a que se fuera por donde había venido. Salió como una centella, pero no logré cerciorarme hacía dónde, en qué dirección, si se había metido en alguna habitación del piso o había tomado el camino del descansillo. Indagué en todos los aposentos y no di con él. Otro tanto hice con el rellano y las escaleras (de arriba y de abajo) y tampoco hubo éxito, indisputable hallazgo. Así que cerré la puerta del piso con llave y me marché a culminar el recorrido asiduo, tras bajar los 58 escalones que hay hasta la puerta de la calle. (Continúa.)