Nuestra testa cobija varias mentes (I)
Publicado el 26/05/2021 a las 08:53
NUESTRA TESTA COBIJA VARIAS MENTES Eso es así, sin duda, por supuesto. Ergo, no exageró, no, Pedro María Piérola García cuando adujo en una de sus inolvidables clases (¿acaso podían serlo las impartidas por él, un maestro como la copa de un pino, epígono a ultranza de fray Ejemplo?, modelo este de actitud o comportamiento que a él solía venirle de ordinario a la mui o sinhueso, y epónimo o personaje ejemplar por antonomasia o excelencia de todo buen proceder humano, que algunos acarreamos desde entonces, nuestra adolescencia, porque, una de dos, o nos lo legó él o lo adoptamos nosotros), dejándonos al grueso de sus alumnos pasmados, que nuestra testa cobija más de una mente o personalidad. De modo sencillo, Piérola vino a decirnos lo mismo en lo que otros antes habían reparado (en este caso concreto, sin que se hubiera estropeado nada), esto es, nos refirió lo que otros habían descubierto por su cuenta y riesgo, que la realidad descrita arriba es una verdad imperturbable, apodíctica. ¿Qué es lo que hace un escritor de ficciones cuando, basándose o no en su experiencia personal, toma de su circunstancia unos dechados humanos y no otros, y entre los seleccionados intercambia caracteres físicos, éticos y estéticos, a fin de concebir en su magín los personajes de una novela, por ejemplo? ¿No dedica una parte exclusiva de su cabeza a pensar como lo haría dicho ser, en el supuesto de que fuera real, equis dichos y hechos verosímiles, aunque su personalidad pueda (y hasta deba) evolucionar a lo largo de la obra? La reflexión anterior puede extrapolarse o servir también para el ámbito del teatro y hasta para el terreno de la poesía, donde ha arraigado un prejuicio que cuesta Dios y ayuda arrancar de cuajo, este: tiende a creerse a pies juntillas que quien versea es más auténtico en cuanto cuenta y más sincero que un narrador o dramaturgo (ella o él), pero eso carece, a todas luces, de un ápice de validez y aun de una pizca de vigencia científica. Basta con haber leído el poema “Canto a mí mismo”, de un poeta completo, total, o sea, contradictorio, como fue Walt Whitman, para ver cristalino y tener claro lo obvio, esto (“¿Qué tenéis que decirme? / ¿Que me contradigo? / Sí, me contradigo. Y ¿qué? / (Yo soy inmenso… / y contengo multitudes)”. (Continúa.)
