Lo contrario del ruido
Publicado el 15/03/2021 a las 08:12
“Según una piadosa tradición, Virila no alcanzaba a comprender el misterio de la eternidad del cielo ni su interminable felicidad. Un día fue atraído por los trinos de un ruiseñor y se adentró en el bosque. Extasiado, permaneció oyendo al pajarillo durante trescientos años. Al volver en sí, pensó que sólo había transcurrido un rato. Cuando regresó al monasterio los monjes no le reconocieron y fue preciso recurrir al archivo para esclarecer el prodigioso suceso. Todos los monjes se dirigieron a la iglesia y entonaron el salmo 89, momento en el que reapareció el pajarillo para depositar un anillo abacial en el dedo de San Virila. Luego Dios se le apareció para hacerle comprender que la felicidad celestial era muy superior al canto del pajarillo.” (Gran Enciclopedia de Navarra).
El domingo pasado conocí Leyre y me pareció un lugar tan recogido y espiritual, que no me extrañaría que un suceso como el del abad Virila fuese verdad. Aunque amaneció nublado y frío, salí de Pamplona con unos amigos para conocer el famoso monasterio. Son 45 minutos de camino, con encantadores paisajes del Pirineo navarro, hasta que, por encima del embalse de Yesa, encontramos el conjunto de edificios medievales. Nada más cruzar el umbral del pórtico de la Iglesia, me sentí acogido por la sobriedad de la piedra, el estilo románico de la estructura y el gótico en el techo. Pero lo mejor fue que encontramos el espacio en acción: una docena de sacerdotes benedictinos con casullas moradas, acompañados por varios monjes de hábito negro, celebraban la Misa con incienso y canto gregoriano. Me separé del grupo y me fui a sentar en sexta fila para ver mejor desde una posición discreta.
Lamenté que no sonara el órgano de 2.750 tubos que cuelga por encima del pórtico de entrada y que prefiriesen otro órgano pequeño que tenían delante (después me explicaron que era por sobriedad cuaresmal), pero aprendí que el canto en la celebración eucarística no tiene por fin principal dar un concierto, sino orar. Cuando mi alma necesita expresar sentimientos que no encuentran un cauce en el lenguaje ordinario, tienen la alternativa del arte. Y cuando se trata del misterio de Dios, el canto gregoriano ofrece un fabuloso portal de arte eterno: mi pequeña voz, que ha sido tantas veces desdeñada por falta de talento musical, encontró de pronto un coro de personas que unían sus voces para conformar un solo cántico de alabanza, que se expandía por el aire junto con la nube de incienso y me invitaba a adherirme a él.
Canté bajito para no desentonar, o quizá no canté en absoluto. En cambio, un niño de 5 o 6 años que se colgaba y descolgaba del cuello de sus padres en el otro extremo de mi banca, participó con toda naturalidad en el diálogo con Dios. Él respiraba la música y a ratos se sentaba en el regazo de su madre para mover las manos y el cuerpo con gestos de experto director de coro. Estoy seguro de que ese niño sacó más de una sonrisa a Dios. Este domingo aprendí a orar mejor. Y descubrí que, para el hombre, lo contrario del ruido no es el silencio, sino el canto gregoriano del monasterio de Leyre.