Desconocen la dicha, Iris que irradias (1)

Ángel Sáez García|

Publicado el 22/01/2021 a las 11:58

DESCONOCEN LA DICHA, IRIS, QUE IRRADIASA QUIEN SIN, SER MAESTRA, TANTO ENSEÑA Me peta que conmigo al póquer juegues; / que el corte des en la segunda foto / y hacia delante vayas o recules. // Confío en que el amor jamás me niegues. / ¿Será como acertar la bonoloto / o ver que voy vestida, Ángel, con tules? (¿Dice la profesora a Ángel, su alumno?) Amada musa tinerfeña: Son o suman una legión (como está claro, cristalino, que son o suman más, muchas más de 6000 las personas que ignoran que existes, tus hechos y dichos rebosantes de magisterio del bueno, Iris, me enmiendo en un pispás; así que decido mudar la insuficiente voz “legión” por el más apropiado y atinado sintagma nominal “inmensa mayoría”) las/os que no saben nada (de nada) de ti, de tu vida, enseñanzas y milagros. Desconocen que eres un sol y, por ende, no les constan las su(pre)mas dicha y luz que irradias a tu alrededor. ¡Cuánto se pierden! Lo lamento sobremanera por ellas/os. Esa mencionada “inmensa mayoría” ignora, asimismo, cuál es el ceremonial o ritual que sigo, cuando, una vez he cruzado el umbral (no suelo entrar al edificio por la puerta de la calle Herrerías, sino por la de la Plaza del Mercadal), subido los dos tramos de escaleras y recorrido los cuatro escasos metros de pasillo, accedo a la sala de adultos de la biblioteca pública de Tudela (cuyo mostrador atiende en el día de la fecha que trenzo los renglones torcidos que contiene este texto, de manera eficiente, como acostumbra, José Carlos) y me siento frente a uno de los dos ordenadores que hay hoy a disposición de los usuarios (desde que convivimos con la pandemia del coronavirus mutante, los cinco habituales menguaron a la pareja actual). Tras colocar, siempre que no tropiece o me equivoque, en las dos ventanitas las dos series numéricas apropiadas y la letra correcta, la computadora da muestras de estar operativa durante los próximos 60 minutos. Entro en una de mis direcciones de correo electrónico para ver si me has enviado algún “emilio” o comentario. Si no ha habido suerte, que es lo normal (por cierto, reconozco que antes eso me molestaba, me lo tomaba a mal, pero, desde que tuviste la genial idea, que agradecí por cuadruplicado, qué menos, de mandarme cuatro instantáneas tuyas, en las que estás tal cual eres, eso ya no me pasa, ni siento que me pesa ni me pisa), busco en el listado de recibidos el correo prodigioso y cliqueo o clico en la segunda de las fotos que me adjuntaste, porque en ella estás más bella o resplandeciente, como un bombón a punto de estallar en la boca, sin esas gafas negras de sol que, de ordinario, ocultan tus preciosos ojos. (Continúa.)

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