Cuatro horas pueden ser la repanocha (2)
Publicado el 18/01/2021 a las 09:56
(Sigue.) Tras tomarnos, como aperitivo o vermú, una copa de vino blanco cada uno y media ración de gambas a la gabardina (de la que hemos dado buena cuenta, al alimón, Calvo y yo) en la terraza del “Aragón”, nos hemos acercado a la puerta de entrada del restaurante “Remigio Queiles”, pero estaba completo. Hemos regresado a la Plaza de los Fueros o Nueva, al cogollo de la capital de la Ribera Navarra, porque ese había sido el deseo del médico tafallara o tafallés, experto odontólogo, tener como paisaje o entorno visual “el salón de estar” de Tudela; y, tras echarle un ojo (en realidad, los dos, que ninguno de los mentados somos tuertos), al cartel donde se anunciaba el menú del día, en el que ninguno habíamos reparado antes o a los tres había pasado inadvertido, hemos determinado, de consuno, almorzar en el interior del local, porque en la terraza, no obstante Lorenzo lucía a esa hora sus mejores galas, hacía rasca. He de reconocer que el revuelto de espinacas, que he elegido de primero, y la lubina al horno, de segundo, incluidas sus espinas, que, una a una, dos a dos, o más a más, he ido quitando con paciencia y dejando aparte, en la orilla del plato, me han sentado estupendamente (antes me habían sabido exquisitos), pero las risas que he soltado (y las que he hecho desatar en mis amigos del alma) y las pullas, pocas, que les he lanzado (y las que, en mutua correspondencia, ellos han tenido a bien tirarme a mí) me han venido de perilla/s, aún mejor. Cuando al paisanaje cabal se le agrega un paisaje que cuadra o encaja, esto es, que no desentona; y las viandas son apropiadas y los caldos son pasables, cuatro horas pueden ser la repanocha, la caraba o, mejor, miel sobre hojuelas. Ángel Sáez García angelsaez.otramotro@gmail.com