¿Estamos preparados para una segunda ola de la COVID-19?

José Ignacio Sánchez Jiménz|

Actualizado el 16/08/2020 a las 08:05

Desde que el gobierno español declaró el estado de alarma hemos asistido a drásticos cambios normativos que han modificado nuestros comportamientos tanto dentro como fuera de casa. Sin embargo, no todas las personas cumplen las tres normas básicas para protegerse y proteger a los demás contra el virus. El incremento de los contagios en lo que llevamos de verano, son una muestra palpable de ello. Bares, restaurantes, discotecas, reuniones familiares y botellones, parecen ser los espacios donde más nos relajamos y bajamos la guardia. Exigir responsabilidades a los gobiernos sean del signo que sean de esta dramática situación, no es más que una parte del deber de la ciudadanía, quizás las más fácil, pero no la única. La ausencia de civismo en la observación de una norma tan simple como la de mantener la distancia de seguridad interpersonal de al menos dos metros, es para algunos algo inasumible o incluso ofensivo, por distintas razones. Amparándose en sus derechos desatienden sus obligaciones y deberes comportándose como “niños mimados”, indignándose ante cualquier dificultad que se les presente y sin reconocer ni dejarse dirigir por ninguna instancia superior. Este tipo de hombre o mujer se manifiesta hoy más que nunca haciendo resonar su crispación en todos aquellos lugares públicos que pisa. De este modo, desprecia las más simples normas de civismo e induce a los demás a la insumisión sin dar razones ni querer tener la razón, principalmente porque la petulancia de sus opiniones o ideas no admiten una instancia que las regula, una serie de normas a que en la discusión cabe apelar. Este tipo de ciudadano medio y vulgar que no se exige nada y despotrica de las normas, este “señorito satisfecho”, evidencia una actitud más propia de un bárbaro que una persona cívica, dando la falsa impresión de que todo está permitido y a nada está obligado. Con todo esto, la solución al problema de la pandemia a la que nos enfrentamos apunta a una dimensión mayor que a la de la simple acción de los gobiernos. La conducta mezquina e innoble de una parte de la sociedad civil que come de su propia carne, encantada consigo misma, incapaz de ver al “otro” y que se aprovecha de las ventajas que nos brinda la vida en sociedad, pero no se preocupa por sostenerla es, sin duda, una parte del problema, y ahora toca hacer todo lo necesario para convencerla de que también es parte de la solución.

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