Va por ustedes

Manuel Sarobe Oyarzun|

Publicado el 25/06/2020 a las 08:09

El puñetero coronavirus nos ha dejado sin fiestas. Algo a lo que no parecen resignarse los numerosos pamploneses que ya han reservado mesa para almorzar el día 6 de julio. Y es que no hay norma que prohíba sentir San Fermín, vestirse de blanco y rojo y zamparse un par de huevos con jamón. La razón, no obstante, ha de imperar sobre el corazón, pues este año vamos sobrados de encierros.

Una Pamplona sin toros me resulta tan extraña como una Valladolid con cocodrilos. No veremos varilargueros con hechuras de Botero asistidos por expuestos monosabios. Subalternos, ora atentos a un quite que vale una vida, ora buscando lucirse en la suerte de banderillas o encomendándose para apuntillar con acierto al agonizante morlaco. Engominados mozos de espadas ofreciendo al maestro un buche de agua en un vasito de alpaca antes de cederle los trastos con los que principiar la faena de muleta. Nerviosos apoderados que ansían para sus pupilos trofeos que les abran las puertas de otras plazas. El torilero de mirada escrutadora guardando el portón. Areneros afanados en dejar el albero inmaculado para las finas manoletinas. Mulilleros que arrastran a la carrera la inerte res en busca de los matarifes que la despiezarán en minutos. No tendremos ocasión de recordar a las víctimas del Covid con la impactante puesta en escena de un minuto de silencio en un coso. Nos faltará la lidia, con toda su liturgia. No apreciaremos el valor de quien recibe a puerta gayola o, aún renqueante, reúne fuerzas para ajustar cuentas con el cinqueño que le hirió, antes de ser llevado en volandas a la enfermería. Tampoco el miedo, los pitos, las palmas... Tantas cosas.

Añoraremos todo aquello que Pamplona añade a lo anterior. Bulliciosas gradas que contrastan con la silente Maestranza o los broncos tendidos de las Ventas. La desbordante alegría del mocerío merendando a los sones de la chica ye ye. El sorpresivo recibimiento que espera a la ingenua guiri que se adentra en la andanada de sol en busca de su localidad. Los elegantes maceros y timbaleros, atentos al retrovisor para musicalizar las órdenes que les transmite el pañuelo presidencial. Solícitos cuberos voceando ¡cerveza, coca-cola, naranja, limón! La Pamplonesa premiando los meritorios lances con pasodobles que concluyen abruptamente cuando asoma el acero con el que se ejecuta la suerte suprema. El ceremonioso alcalde de sol anudando con parsimonia el pañuelico a los diestros que han desorejado a su astado. La familiaridad con la que propios y extraños intercambian vituallas y tragos. La resistencia del personal a abandonar la monumental tras la miurada que cierra la Feria del Toro, con sol y sombra hermanados al son de unas charangas que confluyen en el ruedo para regalarnos por última vez esas piezas que forman parte de la banda sonora de nuestra vida. Pamplona es una plaza curiosa; muchos no especialmente taurinos no se pierden una corrida apeteciendo una jarana que a su vez aleja a los aficionados más puristas. Hay toreros que la vetan mientras otros -como el pirata Padilla- se revelan habilísimos manejando el ambiente iruindarra. Y es que no solo el arte corta apéndices. San Fermín no ofrece quizás la versión más ortodoxa de la tauromaquia, pero sí la más festiva. Existe además una noble razón para acudir al Paseo Hemingway s/n; ayudar a nuestra querida Casa de Misericordia. Grande, por cierto, la peña Borussia, donando el importe de los abonos que no podrán disfrutar. Olé por ellos.

No pretendo hacer un alegato a favor de los toros. Respeto a quienes ven barbarie donde otros vemos arte. Si algún día desaparecen las corridas será por una muerte natural debida a un cambio de sensibilidades que nos haga replantear enraizadas tradiciones. No, desde luego, por aceptar los humillantes 250.000 euros que ofrecen los animalistas para que renunciemos a nuestra fiesta. Porque los sentimientos pueden evolucionar, pero no venderse.

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