Un tipo especial
Actualizado el 23/11/2019 a las 12:46
Hace unos días falleció Martín Elía Ansa, Martintxo. Sólo por el trato afectuoso que siempre me dispensó este hombre tan conocido en la ciudad me he atrevido a redactar en el obituario de este periódico este artículo necrológico. Sin ningún mérito especial. Porque para escribir sobre una persona es imprescindible conocerla cabalmente. También es bastante útil saber escribir bien. En este caso no se da ninguna de ambas circunstancias: pobre escritor y conocedor sólo de algunos momentos de la vida de una persona son exiguo bagaje para redactar una necrológica. El único mérito, por lo tanto, que puedo alegar es haber conocido a Martintxo y disfrutado de su amistad. En una dilatada vida profesional uno tiene la oportunidad de conocer a muchas personas. Casi todas buenas, pero unas pocas verdaderamente singulares, de las que dejan poso. Martintxo fue las dos cosas. Una persona buena y un tipo especial. A quien se pueden aplicar perfectamente las coplas de Jorge Manrique por la muerte de su padre: “Amigo de sus amigos, ¡qué señor para criados y parientes! ¡Qué enemigo de enemigos! ¡Qué maestro de esforzados y valientes! ¡Qué seso para discretos! ¡Qué gracia para donosos! ¡Qué razón! ¡Qué benigno a los sujetos! ¡A los bravos y dañosos, qué león!” Martintxo era un cóctel de cualidades agradables para los demás. Entre los muchos ingredientes de ese cóctel había varios destacables. Fue un hombre entusiasta, aplicado con afán a todo lo que emprendía. Que fue mucho y variado. Fue un luchador. De los de verdad, con la gallardía por delante. Y -como buen navarro- tenaz. Prueba de todo ello fue el éxito innegable, creciente y sostenido de su negocio de toda la vida, el asador, y los afines (bodega, huerta, ganado). Pero por encima de todo fue una buena persona. Entrañable, leal y entregado con su familia y con la gran cantidad de amigos que tenía. Y disfrutó de esa familia, de esas amistades y de la vida como he visto a pocos. Disfrute que transmitía y compartía. Lo cual hizo que tuviera una vida rica en experiencias y sobre todo en el afecto de muchas personas. De las que también disfrutó y a las que hizo disfrutar. Además, nos dio a todos un ejemplo de entereza serena y dócil frente a la enfermedad. Amigo Martín, ya te has ido pero nos dejas un recuerdo imborrable a todos los que tuvimos la suerte de tratarte, unos al final de tu vida y otros antes o durante toda ella. Como dijo otro Jorge poeta (Jorge Guillén. Clamor, 1963) “Ya son buen vino mis viñedos viejos”. Dios, que te hizo tan especial, seguro que te ha guardado también allá arriba ese sitio especial que mereciste.
