Campeones en la fiesta

Manuel Sarobe Oyarzun|

Publicado el 21/09/2019 a las 08:31

Conforme avanza septiembre mengua la sucesión de fiestas navarras, que son mucho más que los universales Sanfermines capitalinos. Principian todas ellas con chupinazos o cohetes cuya mecha prenden, entre nerviosos y emocionados, personajes o colectivos merecedores de tal distinción. Mareas rojas que ocultan blancuras irrecuperables entran en éxtasis. Fiestas de origen religioso en honor al patrón o patrona que procesiona con solemnidad el día grande, escoltado por las autoridades entre el fervor popular. Tallas revestidas con sus mejores galas, agasajadas con flores y saludadas con vibrantes jotas. Tiempo de auroras, vísperas, salves, misa mayor y novenas.

A la misa sigue la mesa. Las que invaden las calles en las que se sirven suculentos almuerzos. Las que reúnen comensales en bajeras, peñas y sociedades. Las comidas populares se multiplican en forma de auzates, aperitivos, amarretakos, chistorradas, costilladas, calderetes, ajoarrieros, piperredas, zikiros, baztanzopas, pochadas, chocolatadas... En las casas se sirven más viandas de las que racionalmente se pueden digerir. La música lo inunda todo. Madrugadoras dianas, batucadas, bombadas, tamborradas, txalaparta, trikitixa... Pasacalles al ritmo de incansables charangas, rondallas, corales que realzan celebraciones litúrgicas, bandas que interpretan valses y pasodobles camino a unos cosos en los que se repetirán si alguna faena lo merita. Protocolarios maceros y timbaleros. Gaiteros, dulzaineros y txistularis a cuyos sones toman vida regios gigantes acompañados por cabezudos y zaldikos que reparten vergazos. Orquestas que amenizan verbenas no lejos de recintos feriales envueltos en refulgentes luces multicolores, con olor a fritanga y estridentes bafles.

También se baila. El Zubigainekoa lesakarra, la Revoltosa tudelana, la Makildantza beratarra, la Era estellesa, la Mutildantza baztanesa, el Ttun Ttun roncalés... Hasta las banderas lo hacen en los valles atlánticos y pirenaicos. En buena parte de la geografía foral las fiestas no se entienden sin el ganado bravo, en sus diferentes versiones: encierrillos, encierros, recortadores, desencajonamientos, suelta de vacas, becerradas, toros ensogados, novilladas, corridas... Toricos de fuego y encierros txikis. Animales que siempre protagonizan alguna escapada o anécdota curiosa, como la del manso que este año se coló en una carnicería de Estella llevándose un jamón. Hay programas que incluyen partidos de pelota y deportes rurales, a los que se suman las cronocarreras de carretetillas en Irurzun, el lanzamiento de la rabiosa en Marcilla, de sartenes en Funes o de melones en Ablitas.

Aunque muchos actos se repiten, cada pueblo tiene sus “momenticos” singulares, especialmente emotivos para los locales. También alcanzan predicamento otros no oficiales, como el pobre de mí de El Guti o el encierro de la villavesa pamploneses.

Todos son protagonistas. Los nacidos en el último año a quienes se anuda su primer pañuelo, niños que conforman corporaciones txikis, quintos que lo mismo se afanan en preparar almuerzos como en portear al patrón, y los nunca olvidados mayores. El reconocimiento se extiende a los ausentes que regresan con mariposas en el estómago al pueblo que les vio nacer. Las fiestas tienen una importante función socializadora en este mundo cada vez mas solitario e individualista, pues reúne y hermana a forasteros, vecinos, cuadrillas y familias. Propician, con la ayuda de un vermut bien puesto, un claretico fresco o un zurracapote, ese punto de desinhibición que favorece fugaces amores veraniegos u otros que unirán parejas para los restos.

El liderazgo de una tierra no sólo se mide por su PIB. Todo cuanto rodea la Fiesta -tradición, cultura, gastronomía y esa peculiar predisposición a disfrutar de la vida- constituye un valioso patrimonio inmaterial digno de ser conservado y transmitido. Campeones trabajando, campeones en la diversión. Grande, Navarra.

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