Si no salva a Pilar, él se condena (1)

Ángel Sáez García|

Actualizado el 06/07/2019 a las 17:25

Del grueso de las historias de amor que arrancaron o echaron a andar en la calle Cupido del Puerto de la Cruz (Tenerife), durante el mes de julio del año pasado, la mejor documentada acaso sea la que inauguraron, inopinadamente, al alimón, Pilar y Ángel, si a los textos que ha escrito (aunque algunos de ellos no hayan visto todavía la luz) el mencionado en último lugar, “Otramotro”, le sumamos los que llevan la firma de su amigo íntimo, confidente y heterónimo, Emilio González, “Metomentodo”. Aunque a Ángel (que se había cansado de repetir, hasta hartarse, que, para seguir peregrinando por este valle de lágrimas, dos ingredientes eran fundamentales, dos, el amor y el humor; el primero, para comprender; el segundo, para perdonar; o ¿era al revés?), desde que necesitaba portar, adherida a su pared abdominal, una bolsa de ileostomía, le faltaba el amor de pareja, había logrado suplir esta evidente carencia con una ración doble de humor, con su capacidad para reírse de todo y de todos, sobre todo, de sí mismo. Su vertiente hilarante, capaz de hacer carcajear al ser más serio, era solidaria de su circunstancia personal (que, desde que había leído la famosa frase de José Ortega y Gasset, se había empeñado en salvar), la de un silente y solitario amanuense que no soportaba un gramo o segundo más de soledad. He llegado a pensar (considero que, de forma acertada, mientras no haya ni halle una objeción en contra con dalle, que decapite o derribe mi creencia) que Pilar, fémina intuitiva, vino a poner en práctica con Ángel la célebre razón orteguiana —“yo soy yo y mi circunstancia; y si no la salvo a ella no la salvo yo”—, sin tener conocimiento tal vez de ella. Ese pensamiento lo he enriquecido o apoyado con este otro. “Otramotro”, que otrora, durante una quincena de estíos, aprendió a buscarse en una docena de lugares un sustituto para su familia lejana detrás las barras de los bares donde trabajaba, mientras en esas poblaciones duraban sus fiestas patronales, ahora intentaba (o no ponía obstáculos para) hallarla, muchos veranos después, delante de las susodichas barras. Lo urdo porque, tras hacer Ángel un breve comentario irónico, Pilar le siguió el juego y/o el hilo lúdico de la conversación. (Continúa.)

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