Yo asistí el mismo día a dos milagros (2)

Ángel Sáez García|

Actualizado el 06/07/2019 a las 17:25

(sigue.) Quien no haya sentido aún una fascinación absoluta, íntegra, omnímoda, por Piérola y/o Arteaga es porque, una de dos, o no los conoció (no les fue concedida la gracia divina que otros sí obtuvimos) o porque no han escuchado hablar ni leído lo escrito sobre ellos. Yo, verbigracia, por no extenderme más de la cuenta, cuento lo que vi con mis propios ojos: el mismo día, un martes, asistí a sendos milagros de ambos (quizá el segundo que narro fue una mera consecuencia del primero). Pedro María hizo reír a mandíbula batiente al más triste de los compañeros (algo inaudito, increíble e insólito para nosotros, sus émulos) que tuve en la citada localidad riojana; y Arteaga logró que el mismo, quien había conseguido vencer, como por ensalmo, el esplín refractario que padecía desde ni se sabe, se aprendiera la más extensa de sus reglas de ortografía (que, en sentido estricto —el propio Arteaga me lo confesó en medio de una larga conversación por teléfono—, fueron ideadas o pergeñadas por Piérola).

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