Personajes y San Fermín
Publicado el 02/07/2019 a las 08:19
Si los Sanfermines sin los encierros serían los “sinfermines”, tampoco habrían sido lo mismo sin aquellos personajes que, a lo largo de las fiestas, concitaron las miradas y sin exigir entrada. A finales del siglo XIX, en las inmediaciones del Molino de Caparroso, una funámbula causaba pavor y asombro. Sobre una maroma atravesaba el Arga de orilla a orilla y con los ojos vendados. Era Remigia Echarren Aranguren, Agustine de nombre artístico, y una mujer acostumbrada a ponerse el mundo por montera. A principios del siglo XX, en la Plaza del Castillo, un charlatán engatusaba a la concurrencia con su don de gentes sobre un tablado. Era León Salvador, un pícaro capaz de vender sus baratijas con los ojos cerrados, y se embolsaba los duros al por mayor. A medios del siglo XX, en el Paseo de Valencia, docenas de pamploneses rodeaban y acosaban a un tratante venido del continente africano. Y más que por su verborrea digna de un parlanchín ilustrado, llamaba la atención por su indumentaria al estilo del doctor Livingston. Era Fernando Santos Velázquez, el Emperador del bolígrafo, y tenía la manía de escribir su nombre al revés: Donan Pher. A finales del siglo XX, en la Bajada de Labrit, en la Plaza del Castillo o en el Paseo de Valencia, un bailarín hacía de las suyas y bajo sus pies el pavimento vibraba. Con su poder de convocatoria y seducción, enamoraba a primera vista. Se trataba de un tipo muy flamenco y embaucador. Gozaba de mucho prestigio social y predicamento. Poseía una personalidad arrebatadora y la capacidad de hechizar con sus dotes de saltimbanqui. Siempre estaba más contento que unas castañuelas y dispuesto a dar la nota. Llevaba consigo la picardía de los juglares, y por equipaje un par de castañuelas, un radiocassete y un frasco de colonia. Enseguida de ajustarse las castañuelas y encender el aparato, el público le hacía sitio y él respondía con una reverencia. De forma progresiva, se volvía loco, atolondrado, pero sin perder la compostura ni el compás. Por su manera de desenvolverse, provocaba el desconcierto, la admiración y el asombro. Su temperamento fogoso despertaba la simpatía, el afecto, y a nadie dejaba indiferente. Como un poseso, agitaba el cuerpo de pies a cabeza y transmitía sensualidad. Se dejaba llevar por las emociones y seguirle los pasos era de locos. Con su maestría innata, dominaba desde la postura corporal, la musicalidad, la fuerza y la velocidad. A su alrededor, recreaba una obra atrayente y trascendía del ámbito escénico al ambiente popular. En trance, solo tenía tiempo para cambiar las pilas al radiocassete y, de inmediato, volver a las andadas. Con tanto ajetreo, el sudor afloraba a raudales en su cuerpo y hacía estragos, pero era inmune al agotamiento y se mantenía pletórico hasta el final. Y con tanto giro, brío y salero, no era de extrañar que algunos de los espectadores de las primeras filas se vieran salpicados. Dos horas después de recoger los bártulos, aún se notaba su presencia en el aire. Dejaba tras de sí el embrujo de sus modales y el aroma del pachulí con la que se embadurnaba los rizos de su cabellera larga y de color azabache. Y no era un personaje fantástico sacado de una chistera, era peculiar y ocurrente como Donan Pher, León Salvador o La Remigia. Él, gitano de estirpe, nació en Olite y después se convirtió en nómada, campesino errante y bailarín de raza. Recorría la geografía de Navarra a lomos de un carromato y en el remolque viajaba su prole. En muchos pueblos encontraba hospedaje y hospitalidad. A ratos arreglaba paraguas, sillas, etc, y en temporada recolectaba patatas, setas, caracoles… Pero, sobre todo, se dedicaba a cultivar su pasión por el baile y lo remataba con la planta, la punta y el tacón. Solo se parecía a sí mismo y era José Antimasberes Echeverría, ‘El Castañuelas, El Brillantinas o El gitanico de Añorbe’. Un tipo que tenía el encanto de los personajes de fábula y duende.