"Metomentodo" es mi émulo entrañable

Ángel Sáez García|

Actualizado el 31/01/2019 a las 12:05

 Como todo el mundo sabe (ruego que se me disculpe la exageración, que es tan connatural conmigo como mi propia sombra, pero como quien es lector —ella o él— habitual de este menda conoce, sigo achacando al río Ebro, cuya agua no bebo, no, pero lava los suelos de mis balcones, cocina y baño, mi ropa sucia, mis útiles de cocina y a mí, el uso —acepto que se hable de abuso— asiduo que hago de la hipérbole) que “Metomentodo” es mi émulo entrañable (en el supuesto de que alguien lo ignorara, si sigue leyendo, dejará de hacerlo), mi amigo del alma, desde los tiempos de la Educación General Básica (EGB), cuyos tres últimos años, de sexto a octavo, cursamos en el inolvidable seminario menor de los Padres Camilos (mi estancia allí fue o supuso mi cielo en la Tierra) en Navarrete, La Rioja, si no siempre, casi siempre que me hacen una entrevista suelen preguntarme por la amistad (sobre todo, por la que mantengo con “Metomentodo”) y sus alrededores.      Por ser original, en cada nueva ocasión, acostumbro a contestar algo distinto a lo ya dicho en las oportunidades previas, anteriores. Así que, procurando no repetirme en mis respuestas, suelo referir la última anécdota que me ha acaecido, en la que he advertido, hallado e/o identificado, clara y ejemplarmente, una indudable e innegable muestra de amistad (ya fuera protagonizada por “Metomentodo” o por otro amigo).    (Continúa.)

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