"Metomentodo" es mi émulo entrañable (2)
Publicado el 31/01/2019 a las 12:05
(Sigue.) Verbigracia, hace poco más o menos tres meses, un joven me cedió el paso, a la hora de cruzar la puerta principal de entrada a la biblioteca pública de Tudela (por la calle Herrerías), diciéndome: “Usted, primero, por favor”. Aquel usted, educado, cívico, que me sorprendió, grata y formalmente, por ser intachable, sin embargo, anímicamente, me cayó o sentó como un tiro y me ocasionó un bajón de los de aúpa, porque me obligó, velis nolis, a hacerme cargo de la imponente, incontrovertible y real situación o circunstancia, que acaso hubiera sobrepasado con creces el ecuador de mi existencia, o sea, llevara más años vividos de los que me quedaban por vivir. “Metomentodo”, cuando nos volvimos a juntar (no llegó a barruntarlo por teléfono), caló al momento que algo no marchaba correctamente en mi caso, que algo me pasaba y me pesaba, y se lo confesé. Bueno, pues, le sobraron cuarenta minutos de una hora para idear un plan que me reconstruyera, que me devolviera en un pispás mi alicaída moral. Todo esto lo supe, por boca de él, hace un mes, cuando me había rehecho, cuando había recobrado mi ánimo optimista con picos eufóricos. Estábamos en la biblioteca y me dijo (me mintió piadosamente) que se iba al baño, pero acordó y pagó veinte euros (ergo, se gastó cuarenta) a cada una de las dos señoras mayores, ya jubiladas, que habían acudido a la biblioteca a dejar unos libros que habían leído y a coger otros que leerían, para que, habiendo sido previamente aleccionadas por él, llevaran a buen puerto su proyecto: debían esperar unos minutos a que bajáramos las escaleras (las avisaría “Metomentodo” con una llamada perdida al móvil de una de ellas) y las susodichas harían como si se estuvieran acicalando, mirándose en los grandes espejos del hall que da a la entrada/salida al edificio por la calle Jorge Burgaleta. Yo, como él me conoce como si fuera mi madre, como si me hubiera parido, sabía cómo me comportaría, les franquearía el paso y ellas comentarían al unísono lo pactado: “Muy amable, joven”, como así sucedió. Dicen los franceses (hembras y varones) que el gesto es lo que cuenta. “Metomentodo” ha tenido mil, de este jaez y de otros variopintos tipos, conmigo. ¿Entienden por qué es mi émulo entrañable quienes hasta ahora lo ignoraban? Ángel Sáez García angelsaez.otramotro@gmail.com