No todas las víctimas de asesinato son iguales
Publicado el 12/01/2019 a las 09:14
Mi nombre es Gabriela y soy la hermana de Paúl Cabrera, joven asesinado en Caparroso en noviembre de 2017. Quiero escribir estas líneas para hacer patente una realidad que me destroza el alma y que me impide seguir en silencio: a mi juicio, en España, no todas las víctimas son iguales.
Mi hermano desapareció el 18 de noviembre de 2017. Pocos días después aparecieron abundantes restos de sangre junto al río. Sin embargo, su familia no tuvimos la suerte de que enviaran a grupos especiales como la UCO a buscarlo, ni hubo búsquedas de más de 1.000 personas, como ocurrió en los casos de Gabriel Cruz, o de Laura, ni hubo más investigación ni medios que los de la Policía Foral -cuyo trato humano, por otra parte y es justo reconocerlo, fue excelente-. Los medios fueron a mi entender escasos, y apenas dos semanas después de su desaparición, se interrumpió la búsqueda. Nadie en España hubiera entendido que hubiera ocurrido eso en los casos de Diana Quer, de Laura o de Gabriel Cruz.
Ahora en prensa siguen insistiendo en que el objetivo fundamental de los investigadores es encontrar el móvil de Laura. También la búsqueda del móvil de Diana fue incesante, y se dedicaron grandes medios a encontrarlo y desbloquearlo, lo que resultó de gran utilidad para resolver el crimen. Me alegro profundamente de que así se hiciera. Pero debo recordar que el móvil de Paúl no ha sido encontrado un año después. Paúl apareció acribillado con 39 puñaladas y se investiga la participación de encubridores en el crimen. Pero un año y tres jueces de instrucción después aún no se han tomado medidas fundamentales, claras y pedidas por nuestros abogados para encontrar ese móvil, ni ha habido novedades en los últimos seis meses.
Igual que yo hay, desgraciadamente, decenas de víctimas colaterales. Quizás sea el momento de decir que a la víctima de la manada de Alicante no se le trata como a la víctima de la manada de Pamplona. Quizás haya llegado el momento de hablar. Quizás sea el momento de exponer en qué se ha convertido nuestra vida. Quizás sea el momento de decir que no entendemos que la vida de mi hermano se pague tan solo con siete años de internamiento en un centro de menores porque su asesina era una menor. Quizás sea el momento de decir que a los familiares nos resulta imprescindible saber quiénes participaron en aquella barbaridad. Ojalá nadie en esta tierra tenga que sufrir nunca lo que yo y mi familia hemos vivido y seguimos viviendo.
Gabriela Cabrera Taipe