Que el delincuente no se llame Casto (2)

Ángel Sáez García|

Publicado el 11/01/2019 a las 11:04

(Sigue.) Le transcribo (con la acentuación puesta al día) el final de la citada ficción (páginas 78 y 79 de la edición que manejo, que llevó a cabo el propio autor —incluso la dirección que aparece de la misma, Olivares, 18, era la de su domicilio o vivienda, en Getafe—), por las concomitancias que he advertido entre la noticia, verdadera, y la invención, falsa: “Así es que cuando apenas era sensible el nuevo día, ya estaba Casto tomándose el aguardiente. “Llegó al cementerio, abrió la puerta, atravesó el patio de los ricos, cogió el azadón recogido en un rincón de la capilla, fuese al gran corral de los pobres, buscó sitio, y dejando la herramienta sobre la tierra húmeda marchose al depósito. “Encendió la luz del farolillo, tan ayuno de aceite como harto de telarañas, y aproximándolo al abierto ataúd pensó. “—¡Pobre doña Teresa! También le ha llegado el día de pagar su tributo. “Cerró las maderas de la ventana y empezó su faena. V “Cuando Loreto volvió de su desmayo era ya pleno día. “Su mirada incierta reflejaba el estado de su espíritu. Llegaron todos los recuerdos desde la memoria a la inteligencia. Rehizo esta el pasado proceso y Loreto huyó aterrorizada de aquel sitio y corrió en busca de la reja confiando en que a la luz del sol podría ver mejor a su mamita muerta. “—Las ventanas cerradas… ¿Quién está ahí no estando yo? “Las empujó, pero no cedieron. No estaba el ánimo dispuesto a sufrir contrariedades. Miró en derredor buscando una piedra; vio el trozo de bastón en su mano y con él dio tan fuerte golpe que las maderas se abrieron. “Por primera vez sirvió aquel bastón para descubrir un delito. “Entró la luz del sol en aquella estancia y tras ella la mirada de Loreto. “Las desnudas piernas del cadáver colgaban fuera de la caja. A su lado el sepulturero con los pantalones caídos miraba a Loreto como el farolillo al sol, asustado de verse tan mezquino. “Siguió Loreto mirando y apretando su rostro contra los hierros. Saltó el tío Casto con el puño levantado buscando la cabeza de la niña y esta echose atrás, lanzó una vibrante carcajada y levantando sus ropas quedose mostrando al tío Casto los nítidos muslos de la hermosa doncella. “Volvió el sepulturero de su estupor. Salió del cementerio y corrió tras Loreto que huyendo hacia Villaruín volvíase a intervalos para mostrar su vientre desnudo a aquel canalla que robaba a los muertos el pudor que no había sido presa de los vivos”. Ángel Sáez García angelsaez.otramotro@gmail.com

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