Entre el miedo y la esperanza

Carmen Olorón Goñi|

Publicado el 01/11/2018 a las 09:07

Escribir sobre la muerte hoy no es tarea fácil. Entre otras cosas porque la escondemos como algo molesto, desagradable y de mal gusto. Aun así, llegadas estas fechas de difuntos, cementerios y crisantemos, no nos resignamos a ocultar nuestras reflexiones sobre el hecho vital, quizás más importante de la existencia. Nuestra última despedida. Y digo vital, y digo bien, porque para morirse hay que estar vivo, o casi.

Dejando la muerte biológica en manos de especialistas cualificados sobre el tema, mi reflexión de ciudadana de a pie va por otros derroteros, que en cualquier caso tampoco son fáciles de expresar, porque como todo, supongo que a morir se aprende muriendo. Y gracias a Dios, no es el caso. Por eso, primera cuestión: ¿cómo escribir con conocimiento de causa sobre la muerte cuándo no se ha experimentado? Quizás sirve de algo el haber acompañado en este último trance a los tuyos, a quienes te precedieron en este arduo camino sin retorno que es la vida. Pero una cosa es el acompañamiento y otra el protagonismo. Una comprobación en este momento crucial -si el egocentrismo no ha presidido nuestro vivir- es que el mayor dolor que experimenta el que se va es dejar de ver a sus seres queridos.

En cualquier caso, de lo que veo y observo a mi alrededor, sobre todo cuando el personal y una misma vamos cumpliendo años, destacaría diferentes circunstancias, que no por sabidas y conocidas dejan de tener su importancia en el tema. La primera de ellas sería el miedo, confesado o no, que despierta en todos nosotros la proximidad de la muerte. Por eso, el joven que ve lejano su final apenas sabrá que existen las esquelas, pero los mayores las vemos a diario mirando inconscientemente la edad del finado para pasar automáticamente a compararla con la nuestra, mientras pensamos: “¡claro, ya le tocaba, era mayor que yo!”. Lo mismo ocurre con los funerales a los que asistimos como invitados, sin pararnos a pensar que un día seremos los protagonistas. En otro orden de cosas, pero también con el miedo como telón de fondo, estarían los diagnósticos médicos, para enfrentarse a ellos unos tienen más audacia que otros, pero aquí cabría aplicar aquella frase de que generalmente se muere como se ha vivido, con valor o sin él. Por otro lado constatar que cuando llegue la dama de negro, -¡que llegará!- de poco nos van a servir nuestros logros -dinero, poder, éxito, prestigio, honores, trabajos, familia, amigos y todos los placeres conseguidos-. Todo se queda aquí, para los que vengan detrás, o para Hacienda. Y a veces, lamentablemente, nuestras ganancias serán fuente de discordia entre quienes nos sucedan. ¡Cuántos hermanos que dejaron de hablarse para sus restos a causa de las herencias! ¡Qué desconsoladora la condición humana! La segunda de las circunstancias a destacar sería el tema de las creencias. Pienso que no habrá mucha diferencia si uno cree o deja de creer en un más allá a la hora de vivir plenamente sus vidas. Aunque cuando llegue el final, supongo que éste será más difícil para el increyente, porque no es lo mismo enfrentarse a la muerte con un “se acabó” que con un “continuará”. En este planteamiento es frecuente escuchar que “nadie ha vuelto para contarlo” o “día que pasa no vuelve”, por lo tanto “comamos y bebamos que mañana moriremos”. Y si no hay más, si aquí termina todo, ¡qué triste final para alguien dotado de la maravillosa facultad de amar, de discernir, pensar, sentir o rezar! Alguien con la capacidad de sonreír (única en la especie animal). Alguien como el bueno de Unamuno, cuyo irónico epitafio reza: “Sólo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo”.

Luego están los que creemos que la vida humana tiene que tener una razón, un porqué y un para qué lógico y coherente frente al despropósito de la muerte. Ello nos ha llevado, a quienes más a quienes menos, a buscar el sentido de este peregrinaje que es la existencia. Así hemos llegado entre el miedo y la esperanza, a creer que somos como gotas de lluvia que, habitáculos de un espíritu imperecedero, navegamos por el rio de la vida, para desembocar finalmente en el océano de la eternidad, donde nuestro yo más íntimo, volverá a su origen. ¿Y qué es pues la eternidad? Nadie lo sabe a ciencia cierta, pero personalmente la concibo como otra dimensión ajena al tiempo y al espacio, donde habita el amor infinito. ¿Es cuestión de fe ciega o de certezas inexplicables? ¡Tanto da! La respuesta sólo sirve a sus afortunados poseedores, quizás porque las han buscado y trabajado a lo largo de sus vidas (¡buscad y encontraréis!) o quizás para quienes como la filósofa francesa Simone Weil, “nacieron, vivieron y murieron con hambre de Absoluto”. En cualquier caso, la experiencia de Dios no se explica. Se vive. Me reitero en que no es fácil hablar o escribir de la muerte o el morir, sobre todo porque no lo hemos experimentado. Pero cuando llegue el momento, si el cuerpo nos lo permite, intentaremos hacer como dice mi amigo el franciscano: “Morir. ¿Sabremos hacerlo en abandono de fe, como un niño?”.

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