Una actuación inexplicable

Daniel de la Parte Rugama|

Publicado el 28/10/2018 a las 09:51

“Incorpóralo tú, si quieres. Ese no es nuestro trabajo, para eso están las ambulancias”. Estas dos frases, entre otras, fueron las que nos contestaron a mi mujer y a mí los cuatro policías municipales la tarde miércoles 10 de octubre al inicio de la calle del Bosquecillo.

El motivo por el que estos cuatro agentes estuvieran cortando el tráfico de esta calle y mirando hacia el suelo era porque un señor en silla de ruedas eléctrica se había caído de la acera a la calzada de dicha vía. El señor estaba tirado en el suelo con un pequeño bolso rojo de deporte a modo de almohada pidiendo ayuda (quiero pensar que fueron estos cuatro agentes los que se la pusieron). Estos cuatro agentes municipales se limitaban a sacar fotos y a pedir a la gente que circulara. Mi mujer es médico y nos acercamos para preguntar si hacía falta su ayuda y si no habría que incorporar a este señor.

La respuesta fue que la ambulancia ya estaba de camino, que ellos no tenían por qué incorporar a ese señor, que ya lo conocían de muchas veces que se había caído y que si queríamos lo podíamos incorporar nosotros, que ese no era su trabajo. De piedra, así nos quedamos. ¿Hasta dónde llega la indolencia y la falta de humanidad de estos cuatro agentes? Si fuera un solo agente puedes pensar que te ha tocado el típico municipal que no se quiere manchar las manos... ¿Pero los cuatro? Eso significa que hay algo mal... La imagen de los cuatro agentes mirando al señor tirado en el suelo, con la silla eléctrica todavía encajada en las caderas, y con la poca movilidad que sus brazos le ofrecían pidiendo ayuda es una imagen que se nos ha quedado en la retina y nos obliga a pensar que “el mundo es así…”.

Puede que el señor caído estuviera bebido, puede que fuera la enésima vez que este señor se cae con la silla de ruedas eléctrica, puede... Pero lo que no puede ser es que los cuatro agentes, alguno de ellos sacando fotos y otros con las manos entre el chaleco y la camisa, se dedicaran a esperar a que llegara la ambulancia y a mantener el flujo de los peatones -el mítico “circulen, circulen...”-.

Maldita vida de prisas y momentos inoportunos... Yo llevaba a nuestro recién nacido en porteo y la villavesa 16 llegó en ese momento. Dejamos al señor tirado en la calzada y a las cuatro estatuas de sal disfrazadas de agentes municipales de Pamplona en la misma situación que nos incitó a acercarnos y a ofrecer nuestra ayuda.

Y que no me digan esos cuatro desalmados que no movieron al susodicho señor por miedo a hacerle daño o lesionarlo -se veía que el hombre estaba consciente y pidiendo ayuda-. O, al menos, podrían haberle cogido de la mano, hablarle, humanizar esa escena triste... Está claro que esos cuatro jóvenes municipales son lo que son, no por vocación de servicio a los demás, sino por vocación de trabajo fijo para sí...

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