Pilar y Carmen son dos gotas de agua (2)

Ángel Sáez García|

Actualizado el 24/10/2018 a las 14:49

(Sigue.)      Debido a que esperar (le ocurre lo propio al grueso de la gente que conozco) me pone nervioso, me desespera, llegué con solo cinco minutos de antelación sobre el tiempo augurado, cuando, oh, sorpresa, a través del cristal de la cafetería vi a Pilar sentada sobre una silla sorbiendo lo que fuera de una taza. Entré en el local, me acerqué con sigilo a la mesa que ocupaba para darle un ósculo en la mejilla izquierda de su rostro y, cuando estuve a su altura, le espeté que ignoraba que se apellidara Fangio y le estampé el beso casto donde había pensado hacerlo. Nada más sentir que mis labios se posaban en su piel, giró su cuerpo y, mientras me llamaba “puto loco enfermo”, así, sin comas, me dio un tortazo de aúpa, con la palma de su diestra abierta, que me dejó tambaleante, grogui.      Aunque de mi mui salió un raudo “cariño, que soy yo, Ángel”, a fin de aclarar cuanto antes la confusión, el involuntario entuerto, quien yo creía que era mi musa insistió en repetir la misma afrenta acompañándola de otro tortazo. Paré el golpe con el antebrazo zurdo cuando, por arte de birlibirloque, avisté aparecer por la puerta a mi amada Pilar gritando a voz en cuello: “Perdón, perdón, por la tardanza, amor; y, usted, discúlpele, por Dios; nosotras nos parecemos tanto, que mi novio, desgraciadamente, ha metido la pata”.      Y es que, ciertamente, Pilar y su sosia/s, Carmen, no son hermanas, no, pero sí son dos gotas de agua.  

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