Pilar y Carmen son dos gotas de agua (1)
Actualizado el 24/10/2018 a las 14:48
Ayer, durante la siesta, tuve un sueño que empezó siendo agradable, pasó por un nudo gordiano, ingrato, con su momento crítico, álgido, y tuvo un desenlace dichoso. Así que no fue una pesadilla en sentido estricto, por las variopintas emociones contradictorias que me aportó y reportó el hecho onírico, pero todavía me duele el carrillo izquierdo del inopinado bofetón. Si, debido a la aspereza del momento antitético, ardiente/helador, que viví, deduje que el susodicho iba camino de desembocar en una ensoñación angustiosa, la delicadeza, que también la hubo, que no brilló por su ausencia, y el final feliz del mismo, que tampoco faltó, son las concretas razones que me han empujado a narrar, de modo sucinto, el sueño. Había quedado con mi amada Pilar en una cafetería céntrica de la capital de la provincia a la que había viajado, próxima, a apenas cinco minutos andando, al hotel donde me había hospedado. Ella vivía a unos veinte kilómetros de dicha población (pongamos que no hablo de Madrid, ni de Barcelona, ni de Valencia, ni de Bilbao, ni de Málaga, ni de Sevilla, para que el atento y desocupado lector vaya descartando centros urbanos). Como le pregunté a Pilar que cuánto calculaba ella, entre unas cosas y otras, que le costaría llegar adonde habíamos acordado, y ella me dijo que una media hora, para hacer ídem me acerqué a un quiosco a comprar La Voz de Galicia, por si aquel día había publicado artículo Xosé Carlos Caneiro, a quien, aunque no conocía personalmente, por afinidad con lo que trenzaba, solía leer con gusto en la edición digital de dicho diario. Aquel día libraba. (Continúa.)